Quienes no quisieron escuchar, hoy exigen ser escuchados. Quienes encarcelaron a la oposición, hoy reclaman diálogo. Quienes hicieron del silencio una política de Estado, hoy piden micrófono. Por cierto, no todo discurso merece ser oído.
El caso es casi caricaturesco: Nicolás Maduro, hoy preso y procesado por cargos graves, reaparece con una carta en la que pide paz -esa palabrita tan en boga- reconciliación y diálogo . Exactamente aquello que negó durante años desde el poder.
Lo he dicho en otras contribuciones: no es contradicción. Es método. Los regímenes autoritarios reprimen cuando gobiernan y predican concordia cuando caen. El lenguaje de la reconciliación no es aquí un gesto moral, sino una herramienta de supervivencia política. No habla quien busca la paz, sino quien necesita tiempo. Y, sobre todo, quien necesita reconstruir legitimidad donde ya no la tiene. Y para eso, precisamente para eso, el micrófono importa.
Porque el micrófono no es neutro. Es poder. Otorgarle espacio público a quien ha sido señalado por graves abusos no es un acto inocente, es abrir la puerta a la reescritura de su propia historia. Es permitir que quien silenció, ahora module el relato y edite su legado. Negárselo no se trata de censura. Se trata de hacer memoria.
Pero hay una capa adicional que conviene no ignorar. Esa carta no circula en el vacío. Circula porque alguien decidió que circulara. Porque alguien permitió que ese mensaje saliera, se difundiera y se colocara en la conversación pública global. Y ese alguien no es un actor neutral.
El gobierno estadounidense -el mismo que lo capturó en una operación militar altamente cuestionada- también juega a construir una narrativa: la del sistema que permite incluso a sus enemigos hablar, expresarse, reconciliarse . Una escenografía de apertura que pretende reforzar su propia legitimidad democrática.
Pero no nos confundamos: eso no es necesariamente virtud democrática. Es cálculo político. Es propaganda de sofisticación institucional. Es el intento de decir: aquí incluso los autoritarios tienen voz , mientras se administra cuidadosamente cuándo, cómo y para qué esa voz aparece.
Permitir esa carta no es ingenuidad. Es también una forma de control del relato. Una jugada que busca contrastar -casi teatralmente- con el silencio impuesto por el propio Maduro durante años. Pero ese contraste, por más atractivo que resulte, no convierte el gesto en democrático. Lo convierte en útil.
Permitir que estas figuras hablen en igualdad de condiciones que el resto de la ciudadanía implica algo más profundo que escuchar todas las voces : significa blanquear trayectorias, diluir responsabilidades y normalizar lo que nunca debió ser normal. Es, en los hechos, aceptar que el abuso puede reciclarse si se presenta con el tono adecuado.
Porque mientras hoy escriben cartas desde prisión, durante sus gobiernos hubo presos sin cartas, sin voz y sin defensa. Hubo censura sistemática, persecución y un uso deliberado del aparato del Estado para acallar cualquier disidencia. Quien negó el derecho a hablar, ahora exige ser escuchado.
Ahí radica el verdadero peligro: no en que hablen, sino en que los tratemos como interlocutores válidos. Que su narrativa circule como si fuera una versión más del debate público, y no el intento evidente de reinstalarse -aunque sea simbólicamente- en el espacio del poder.
El mayor triunfo de estos regímenes tiránicos no es haber gobernado. Es lograr que, incluso después de perder el poder -o de estar tras las rejas-, sus palabras sigan teniendo peso; que su voz conserve una autoridad que nunca debió tener.
Por eso conviene hacer una distinción que suele diluirse: la libertad de expresión protege al ciudadano frente al poder. No está diseñada para proteger a quien fue poderoso cuando éste ha abusado sistemáticamente de la sociedad. Pretender que confundamos ambas cosas no es ingenuo. Es funcional.
La prisión, entre muchas otras cosas, implica la restricción de derechos. No es solo una sanción física, sino también un límite a la capacidad de incidir en el espacio público. Permitir que desde ahí se reconstruyan narrativas políticas no es un acto de apertura; es una extensión del mismo abuso, ahora disfrazado de discurso. Es, en el fondo, dejar que el poder nunca termine de irse.
No todo el que pide paz merece micrófono. Hay discursos que no buscan diálogo, buscan impunidad. Y en política, la impunidad casi nunca regresa con botas ni con discursos incendiarios. Regresa maquillada de reconciliación, envuelta en palabras amables y amplificada -convenientemente- por quienes dicen defender la democracia mientras administran cuidadosamente qué voces circulan y cuáles no.
Porque al final no se trata de si habla o no habla. Se trata de quién decide que hable. Y para qué. Y cuando el micrófono lo concede el poder -aunque se disfrace de apertura-, deja de ser un acto democrático. Se convierte en otra forma, más sofisticada, de control.











