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El Salvador recibe con los brazos abiertos a poetas nacionales e internacionales con motivo del Día Mundial de la Poesía, un gesto que contrasta radicalmente con un pasado reciente marcado por la represión y la violencia contra las expresiones artísticas y los intelectuales. La llegada de estos creadores, celebrada por la comunidad cultural, evoca un capítulo oscuro de la historia salvadoreña y centroamericana, donde la palabra escrita era considerada una amenaza y sus autores, objetivos prioritarios de la persecución estatal.
La reflexión, impulsada por el poeta Manuel Luna, nos remonta a una época en la que cruzar la frontera entre El Salvador y Guatemala podía significar el fin para un artista. El caso más emblemático, y dolorosamente recordado, es el del poeta guatemalteco Roberto Obregón, amigo cercano de Roque Dalton y figura clave del movimiento literario Piedra y Siglo. Obregón fue desaparecido en 1982, presuntamente por fuerzas de seguridad actuando en la zona fronteriza, un crimen que permanece impune y que simboliza la brutalidad de los regímenes autoritarios de la época.
Durante la guerra civil salvadoreña (1980-1992), la poesía y la literatura se convirtieron en herramientas de resistencia y denuncia. Poetas como Roque Dalton, Otto René Castillo, y Claribel Alegría, entre otros, utilizaron su obra para cuestionar el poder, visibilizar el sufrimiento del pueblo y promover la justicia social. Sin embargo, esta valentía tuvo un alto costo. Dalton fue asesinado en 1975, Castillo en 1967, y muchos otros poetas y escritores sufrieron persecución, exilio, tortura o muerte.
La represión no se limitó a los poetas de izquierda. Cualquier voz disidente, cualquier expresión que desafiara el statu quo, era silenciada. La censura era omnipresente, los libros eran quemados, y los intelectuales eran estigmatizados y marginados. El miedo se instaló en la sociedad, y muchos artistas se vieron obligados a exiliarse para salvar sus vidas.
El contraste entre el presente y el pasado es palpable. Hoy, El Salvador se presenta como un país que valora y promueve la cultura, que acoge a los poetas con respeto y admiración. Sin embargo, la memoria de aquellos que fueron silenciados no puede ser olvidada. Es fundamental recordar el sacrificio de Obregón, Dalton, Castillo y tantos otros para honrar su legado y garantizar que la historia no se repita.
La llegada de los poetas al país, en el contexto del Día Mundial de la Poesía, es una oportunidad para reflexionar sobre el papel de la poesía en la construcción de una sociedad más justa y democrática. La poesía tiene el poder de transformar la realidad, de despertar la conciencia, de inspirar la esperanza. Es una herramienta poderosa para combatir la injusticia, la opresión y la violencia.
Manuel Luna, al evocar el caso de Roberto Obregón, nos recuerda que la libertad de expresión es un derecho fundamental que debe ser defendido a toda costa. La impunidad de los crímenes contra los intelectuales es una afrenta a la justicia y un obstáculo para la reconciliación nacional. Es necesario que se investiguen y se juzguen estos crímenes para que las víctimas y sus familias puedan obtener justicia y reparación.
La comunidad cultural salvadoreña ha organizado una serie de actividades para celebrar el Día Mundial de la Poesía, incluyendo recitales, talleres, exposiciones y mesas redondas. Estas actividades son una oportunidad para dar visibilidad a la obra de los poetas salvadoreños y centroamericanos, y para promover el diálogo y el intercambio cultural.
Es importante destacar que la situación de los derechos humanos en El Salvador ha mejorado significativamente desde el fin de la guerra civil. Sin embargo, persisten desafíos importantes, como la violencia, la pobreza y la desigualdad. La poesía puede jugar un papel crucial en la superación de estos desafíos, al ofrecer una voz a los marginados, al denunciar las injusticias y al promover la solidaridad y la empatía.
La recepción de los poetas en El Salvador es un símbolo de esperanza y de renovación. Es una señal de que el país está dispuesto a aprender de su pasado y a construir un futuro más próspero y justo para todos. La poesía, como herramienta de resistencia y de transformación, seguirá siendo un elemento esencial en este proceso. La memoria de Roberto Obregón y de todos los poetas silenciados seguirá viva en cada verso, en cada palabra, en cada acto de creación. El legado de aquellos que lucharon por la libertad de expresión debe ser honrado y defendido, para que la poesía siga floreciendo en El Salvador y en toda América Latina. La bienvenida a los poetas no es solo un acto de cortesía, sino un reconocimiento a la importancia de la palabra como fuerza transformadora y un compromiso con la defensa de los derechos humanos y la libertad de expresión.


