A los 93 años, y a punto de cumplir 95, Carmelina Iannelli Paternostro, una inmigrante italiana nacida en Morano Calabro, ha logrado trascender el ámbito familiar para convertirse en un faro de memoria colectiva. Lo que comenzó como un ejercicio introspectivo durante la pandemia –ordenar fotografías, cartas y recuerdos de una vida pasada– se transformó en el libro “De Calabria a Buenos Aires. Pequeñas grandes historias de Morano Calabro y de mi vida”, publicado por Editorial Dunken, y en una galería online donde expone sus pinturas. Su historia, compartida a través de una entrevista televisiva, resonó profundamente en descendientes de inmigrantes y calabreses, quienes se reconocieron en sus relatos y paisajes. Pero la historia de Carmelina es mucho más que un libro o una exposición; es un testimonio de resiliencia, creatividad y la búsqueda constante de sentido en la vida.
La génesis de este proyecto se remonta a 2020, en pleno confinamiento. Carmelina, enfrentada al silencio y la quietud impuestos por la pandemia, decidió ordenar los vestigios de su pasado. “Empecé a pensar en escribir pequeños textos con recuerdos de mi pasado, ya que siempre iba contando fragmentos interesantes de mi vida y, a todos los que los escuchaban, les gustaban mucho”, relata. Lo que inicialmente se planteó como unas pocas hojas manuscritas se fue expandiendo hasta convertirse en un archivo personal meticulosamente organizado por temas y fechas. La tarea, realizada con la ayuda de su hija para la digitalización, culminó en un libro extenso, ilustrado con fotografías de diferentes épocas, pensado inicialmente solo para sus descendientes.
El punto de inflexión llegó con una entrevista en el programa “Es por ahí” de América TV en diciembre de 2021. Allí, Carmelina habló con fluidez y emotividad sobre su vida en Morano Calabro, el viaje en barco a Argentina y los primeros años en Buenos Aires. La respuesta del público fue inmediata y abrumadora. Mensajes, nombres de pueblos, referencias familiares inundaron las redes sociales y los canales de comunicación. Lectores se identificaron con sus vivencias, reconociendo en su relato ecos de sus propias historias familiares.
Ante esta inesperada repercusión, Carmelina revisó su trabajo original, definió un eje narrativo y concentró su relato en los orígenes: su nacimiento y la infancia en Morano Calabro, la vida cotidiana del pueblo, la partida hacia América y la adaptación a una nueva tierra. Esta nueva versión dio forma al libro que hoy conocemos, un testimonio conmovedor de la experiencia inmigrante y un homenaje a las raíces calabresas.
Pero la creatividad de Carmelina no se limita a la escritura. Antes de comenzar a ordenar sus memorias, en 2017, había descubierto una nueva pasión: la pintura. No se trata de una vocación temprana, sino de un cambio inesperado en su rutina, impulsado por una transfusión de sangre tras un brote de colitis ulcerosa. Desde entonces, la pintura se convirtió en una actividad diaria, una forma de expresión y una fuente de vitalidad.
“Artista es una palabra muy grande, aunque al mismo tiempo pienso que todos tenemos derecho a sentirnos artistas, de alguna manera, si nos dedicamos a eso”, comenta Carmelina con modestia. Su obra se caracteriza por la elección de imágenes y diseños que luego traslada a los bastidores, utilizando colores vibrantes y técnicas mixtas. A menudo, sus cuadros evocan paisajes de Calabria, escenas de la vida cotidiana y retratos de mujeres.
Para acercar su arte a un público más amplio, Carmelina inauguró recientemente su tienda online, carmelinaregaleria.mitiendanube.com, donde ofrece una variedad de productos artesanales, desde cuadros hasta cajas y bandejas decoradas. “La gente puede encontrar regalos de todo lo que hago en forma artesanal, a mano”, explica.
Morano Calabro, el pueblo natal de Carmelina, es un pintoresco municipio de poco más de cinco mil habitantes, situado en la provincia de Cosenza, en el sur de Italia. Sus casas de piedra se aferran a la ladera de una colina, dominadas por el Castello Normanno, una antigua fortificación de origen medieval. El pueblo, impregnado de historia y tradición, evoca imágenes de un pasado rural y sencillo.
En su libro, Carmelina reconstruye ese pasado con detalles precisos y emotivos. Describe las casas de piedra, las montañas del Pollino, los inviernos largos y fríos, las chimeneas encendidas, los nacimientos en el hogar y la vida sin comodidades modernas. Recuerda con humor y nostalgia los primeros cuidados de su infancia: “¡Dios mío! ¡Parecíamos momias!”.
El relato se detiene en escenas domésticas, en los pequeños gestos y rituales que conformaban la vida cotidiana en Morano Calabro. La casa familiar, parte del antiguo palacio del Barón Salmena, añade otros detalles: balcones abiertos al campo, tormentas que dejaban al pueblo sin luz, estudios a la luz de las velas.
Carmelina escribe desde la perspectiva de sus 93 años, con una primera constatación: “No sé cómo pudo ser, pero cumplí 93 años”. Desde esa perspectiva, repasa una vida marcada por la pérdida y la supervivencia, y se pregunta por el sentido de esa continuidad.
Cuando se le pregunta sobre sus recuerdos más vívidos de la infancia, Carmelina evoca juegos con amigas, salidas al campo a recoger fruta y los viajes en la “littorina”, el único vagón que iba marcha atrás a la ciudad vecina de Castrovillari. Recuerda con añoranza los balcones de su casa, el campo en primavera y la parroquia de San Nicola iluminada durante las fiestas.
Para Carmelina, escribir fue una forma de preservar la memoria familiar y, al mismo tiempo, de comprender su propia historia. “Había una necesidad de que las generaciones venideras supieran cuál había sido la historia familiar, pero al ir escribiendo, al poner en papel mi vida, pude comprender muchas cosas a la distancia que la misma juventud, a veces, no nos lo permite”, explica.
Su historia se integra a una memoria colectiva, a un patrón común de partida forzada, desarraigo, viaje en barco y construcción de una nueva vida. La decisión de embarcarse, atravesada por la incertidumbre, se convierte en un gesto de época y, al mismo tiempo, en una elección personal que adquiere sentido con el paso del tiempo.
Si tuviera que elegir una escena para pintar, Carmelina elegiría “la de una mujer asomada al balcón de su casa en el pueblo, mirando el campo en primavera. Esa imagen de felicidad me persigue siempre”. Una imagen que, a través de sus palabras y sus pinturas, ha logrado transmitir a miles de lectores y espectadores, convirtiendo su historia personal en un legado universal.


