La reciente publicación de “La Virgen del árbol seco” de Patricia Guzmán, con el sello Gisela Cappellín Ediciones, ha desatado una ola de interés en la escena literaria venezolana, no solo por la calidad poética de la obra, sino por el profundo diálogo que establece entre la pintura y la palabra. El poemario, inspirado en la tabla flamenca de Petrus Christus, se erige como un viaje sensorial y espiritual, explorando la iconografía de la Virgen María y su resurgimiento en el arte contemporáneo.
La obra de Guzmán no es una simple descripción de la pintura, sino una recreación poética que parte de la conmoción y el deseo de religarse que la imagen despertó en la autora. El texto, dedicado a Armando Rojas Guardia, figura clave en su formación poética, se presenta como un “viaje sensorial” impulsado por el rapto ante la imagen, un proceso íntimo y personal que la poeta comparte con el lector. La edición, un trabajo colectivo en sí misma, cuenta con el prólogo de Ana María Hurtado, el epígrafe de Luis Gerardo Mármol Bosch y el epílogo de María García de Fleury, presidenta del Apostolado Mundial de la Virgen de Coromoto, quien ofrece un mensaje que resalta la importancia de detenerse y encontrar el tiempo para apreciar la belleza de la vida y la conexión con lo divino.
El punto de partida del poema es la imagen de la Virgen sosteniendo al Niño en medio de la oscuridad, una representación que, según el análisis de Sebastián Verlezza, crítico literario, parece abrir una “apertura” en la poeta, permitiéndole ser atravesada por la fuerza de la imagen. Este encuentro con la pintura se convierte en un catalizador para la creación poética, un proceso en el que la imagen “cala adentro” y se expande, desbordando la retina y permitiendo el momento de inspiración. Guzmán, como un “pájaro”, transita por un camino lleno de “trochas, paradas y encrucijadas”, cantando y contando sus impresiones, visiones y arrobos.
La obra de Guzmán se inscribe en un contexto más amplio de reaparición de figuras femeninas en el arte y la literatura, un fenómeno que Verlezza observa en la última década. Tras siglos de representación de la Virgen como una madre pura e inmutable, la iconografía occidental ha visto el resurgimiento de figuras como dianas, amazonas y artemisas, diosas ágiles y seductoras que pululaban por los bosques y cuadros renacentistas. En la actualidad, ninfas, magas, hadas, sirenas y musas desfilan por la pintura, la literatura y el cine, ofreciendo nuevas interpretaciones de lo femenino y lo divino.
En este contexto, la Virgen de Guzmán no es una figura estática, sino un símbolo de la metamorfosis y el renacimiento. La imagen de la Virgen del árbol seco, con su fondo nocturnal y las ramas desnudas, evoca el final de la noche oscura y el inicio de una nueva vida. Las “capitales” doradas que cuelgan de las ramas, como frutos del árbol de la vida, simbolizan la fuerza y la capacidad de renacer. La observación de Guzmán sugiere que los árboles, aunque secos por fuera, preparan el resurgimiento en sus concavidades, un proceso que se refleja tanto en la pintura de Christus como en su propia poesía.
El poema de Guzmán establece un diálogo con la tradición literaria venezolana, especialmente con la obra de Armando Rojas Guardia y su “Poemas de quebrada de la virgen”. Verlezza destaca la importancia del nexo entre plegaria y poesía en la obra de Rojas Guardia, citando versos que revelan la relación entre la pintura y la espiritualidad: “Fra Angelico pintaba/a Jesús y la Madona/de rodillas”. Asimismo, el crítico literario subraya la reflexión de Rojas Guardia sobre la metáfora como fundamento de toda realidad: “Lezama, hoy voy a orar contigo: /todo es metáfora de todo”.
La obra de Guzmán también se relaciona con la poesía de autores como Auden y Pacheco, cuyo poema “Museo de Bellas Artes” explora la caída de un niño que vuela y su llegada a los brazos de la madre. Verlezza establece una analogía entre esta caída y el “regalo” de la inspiración que experimenta la poeta ante la imagen de la Virgen, un momento en el que las fuerzas que superan al poeta se manifiestan a través de frases vibrantes y visiones desbordantes.
Finalmente, el crítico literario conecta la obra de Guzmán con la tradición de la “literatura de retorno a las fuentes”, un movimiento que busca recuperar la conexión con las raíces y la espiritualidad. En este sentido, la poesía de Guzmán se suma a las voces de autores como Juan Liscano y Rafael Cadenas, quienes exploraron la relación entre la literatura y la búsqueda interior.
El epílogo de María García de Fleury, por su parte, ofrece una interpretación religiosa del poema, destacando el mensaje de la Redención que se encuentra en la figura de la Virgen sosteniendo al Niño. La autora señala que el árbol seco alude al árbol de la ciencia del bien y del mal, marchito tras el pecado original y que volvió a florecer con la concepción de Jesús. Asimismo, García de Fleury resalta el simbolismo de los pájaros, que representan lo incontenible del dominio de Dios y se oponen a la serpiente, símbolo del mundo terrenal. El canto del ruiseñor, por su parte, simboliza el anhelo del Paraíso y la luz de Cristo.
En definitiva, “La Virgen del árbol seco” de Patricia Guzmán es una obra que invita a la reflexión sobre la iconografía de la Virgen María, la relación entre la pintura y la poesía, y la búsqueda de la espiritualidad en el arte contemporáneo. El poemario, con su lenguaje sensorial y su profunda sensibilidad, se erige como un testimonio de la capacidad del arte para conectar con lo divino y despertar la conciencia humana. La obra no solo celebra la belleza de la imagen, sino que también invita a detenerse, a considerar y a encontrar el tiempo para descubrir lo que es realmente relevante en la vida.


