Estados Unidos e Israel han intensificado su confrontación con Irán, lanzando ataques a gran escala que superan los incidentes previos de 2025 dirigidos a las instalaciones nucleares iraníes. Esta nueva escalada se distingue por su amplitud y la consecuente respuesta de Irán, que ha atacado bases estadounidenses en varios países del Golfo, incluyendo Catar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Los objetivos de esta ofensiva parecen ir más allá de la contención del programa nuclear iraní, apuntando ahora a un posible cambio de régimen en Teherán.
La posibilidad de una guerra abierta entre Estados Unidos e Irán ha sido una sombra persistente desde la Revolución Islámica de 1979, que instauró una teocracia chiita liderada por ayatolás, inicialmente Ruhollah Jomeini y posteriormente Ali Jamenei –quien falleció el sábado en uno de los ataques–, con una postura inherentemente opuesta a los intereses de Estados Unidos e Israel. Ahora, con el conflicto finalmente desatado, la comunidad internacional se encuentra en una encrucijada, posicionándose ante esta crisis. La mayoría de los países han condenado los ataques y apelado a una solución diplomática, especialmente ante el creciente número de víctimas civiles, el aumento de los precios del petróleo y los efectos globales que se están comenzando a sentir.
En América Latina, la reacción ha sido predominantemente cautelosa y distante. Venezuela ha lamentado la elección de la vía militar, mientras que el presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha criticado la decisión de Estados Unidos, calificándola de un “error”. México ha instado a priorizar el diálogo y evitar el uso de la fuerza. Sin embargo, Argentina ha marcado una clara diferencia.
Mientras los aviones de combate estadounidenses e israelíes bombardeaban Teherán y los misiles iraníes impactaban en ciudades como Dubai, Tel Aviv y Abu Dhabi, la cancillería argentina emitió un comunicado expresando su “valoración y apoyo a las acciones conjuntas de Estados Unidos e Israel destinadas a neutralizar la amenaza que Irán representa para la estabilidad internacional”. Horas después, la oficina del presidente Javier Milei añadió un comunicado celebrando la “operación que resultó en la eliminación del líder Alí Jamenei”, a quien describió como “una de las personas más malvadas, violentas y crueles que ha visto la historia de la humanidad”.
Este apoyo incondicional de Argentina es sin precedentes en la región. A diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos, y de hecho, de gran parte del mundo, Argentina ha adoptado una postura abiertamente favorable a la intervención militar. Solo Canadá ha anunciado oficialmente su apoyo a Washington, aunque ha aclarado que no participará en las acciones militares. Países de Medio Oriente como Catar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Omán, Jordania y Kuwait han permitido a Estados Unidos operar contra Irán desde sus territorios.
Francia ha anunciado que defenderá a los países del Golfo de posibles ataques, mientras que el Reino Unido ha autorizado el uso de sus bases por parte de Estados Unidos para acciones defensivas contra Irán, dos semanas después de haber prometido no hacerlo.
La posición de Argentina, ubicada a 13.000 kilómetros de Teherán, resulta particularmente sorprendente. No está obligada por la OTAN ni por otros acuerdos de seguridad a participar en la defensa del Golfo, y su involucramiento en este conflicto parece desconectado de la realidad regional latinoamericana. ¿Qué motiva esta postura tan atípica del gobierno argentino?
Javier Milei, un autoproclamado “liberal-libertario” y outsider de la política, ganó las elecciones de 2023 con la promesa de reformar y reducir el Estado, disminuir los impuestos y abrir la economía. Su campaña se caracterizó por elogios al entonces expresidente estadounidense Donald Trump y una abierta admiración por el Estado de Israel.
Sus primeros dos años de gobierno han estado marcados por un profundo acercamiento a Estados Unidos en materia de política internacional, especialmente tras la victoria de Trump en las elecciones de 2024, en contraste con el gobierno de su predecesor, el peronista Alberto Fernández, quien se acercó a China y Rusia y dejó el país sumido en graves problemas económicos.
Argentina, bajo el gobierno de Milei, ha adquirido armas de Estados Unidos y se ha convertido en “socio global” de la OTAN, adoptando una postura cercana a la Casa Blanca en prácticamente todos los conflictos y asuntos internacionales.
Incluso cuando Milei enfrentó un revés en las elecciones de la provincia de Buenos Aires en 2025 y su gobierno entró en crisis política, fue Trump quien le brindó su apoyo y anunció un préstamo para sostener la economía argentina. Poco después, el partido de Milei se impuso en las elecciones legislativas nacionales.
La alianza entre Milei y Trump parece excepcionalmente profunda, contrastando con cualquier otro acercamiento entre líderes latinoamericanos y la Casa Blanca. Nayib Bukele, presidente de El Salvador, elogiado por Trump, aún no se ha pronunciado sobre los ataques contra Irán, mientras que el gobierno de Daniel Noboa en Ecuador ha expresado su preocupación y el de Nasry Asfura en Honduras ha reafirmado su compromiso con la paz.
Más allá de la figura de Milei, la relación de Argentina con Irán también se ve complicada por el atentado terrorista contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994, que causó la muerte de 85 personas y dejó 300 heridos. Este atentado, aún sin resolver, es una de las páginas más oscuras de la historia argentina.
La justicia argentina señala a diplomáticos y funcionarios iraníes como presuntos responsables del atentado a través del grupo militante islámico libanés Hezbollah, pero no ha logrado que declaren. Irán siempre ha negado cualquier conexión con el ataque.
En abril de 2024, un tribunal argentino determinó que los atentados contra la AMIA y la embajada de Israel en 1992 fueron cometidos por Hezbollah por orden y con financiamiento de Irán, y ha iniciado un juicio en ausencia contra 10 acusados iraníes. Irán ha rechazado y condenado las acusaciones.
Pablo Quirno, canciller de Argentina, pidió el sábado, tras conocerse la muerte de Jamenei, “que estas noticias aporten alivio a las familias y contribuyan al reconocimiento de las responsabilidades y a la lucha contra el terrorismo y la impunidad”.
El juicio por la AMIA y el presunto rol de Irán ha sido un punto de tensión en la política argentina durante décadas. En 2013, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner firmó un memorándum de entendimiento con Irán con el objetivo de avanzar en la investigación judicial y poder interrogar a algunos de los acusados. El memorándum nunca entró en vigor, ya que fue declarado inconstitucional un año después por la justicia argentina. En 2015, el fiscal Alberto Nisman acusó a Fernández de Kirchner de supuesto encubrimiento del atentado, cargos que ella rechazó, alegando una persecución política. Nisman fue encontrado muerto poco después de su denuncia en circunstancias aún no esclarecidas. La acusación contra la expresidenta sigue su curso.
En este contexto de estrechas alianzas y largos juicios sin resolver, los 13.000 kilómetros que separan Buenos Aires de Teherán parecen, de repente, una distancia insignificante.

