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Panamá en la Mira: ¿Menú o Actor Global?

Panamá enfrenta un orden mundial más duro y transaccional. Pensar geopolíticamente ya no es opcional: es la única forma de preservar soberanía, capacidad de decisión y relevancia estratégica.

Panamá en la Mira: ¿Menú o Actor Global?

El discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en el Foro Económico Mundial de Davos resonó con fuerza más allá de los círculos diplomáticos, ofreciendo un diagnóstico contundente: el orden internacional liberal, cimentado en reglas, previsibilidad y multilateralismo, ha llegado a un punto de ruptura estructural. No se trata de una crisis coyuntural, sino del agotamiento de un modelo que ha definido la geopolítica global durante décadas. El mundo que emerge, según Carney, es uno más duro, más transaccional y, fundamentalmente, más abiertamente gobernado por las relaciones de poder.

Esta advertencia no es abstracta para países como Panamá. Carney fue explícito al señalar que las potencias medias y pequeñas ya no pueden permitirse el lujo de la nostalgia institucional ni de la obediencia pasiva. En este nuevo sistema internacional postliberal, la frase “si no estás en la mesa, estás en el menú” adquiere una relevancia escalofriante. Para Panamá, esta no es una metáfora retórica, sino una advertencia estratégica que exige una reevaluación profunda de su posición geopolítica y su estrategia nacional.

Panamá, aunque no es una potencia en términos tradicionales, ocupa una posición geopolítica crítica. El Canal de Panamá, su plataforma logística de vanguardia, su sistema financiero internacionalmente conectado y su ubicación estratégica en el corazón de América Latina la convierten en un espacio de interés permanente para actores globales mayores. En el antiguo orden liberal, esta centralidad podía gestionarse a través de tratados, una neutralidad formalmente declarada y alineamientos tácitos con diversas potencias. Sin embargo, en el nuevo escenario postliberal, esa misma centralidad convierte al país en un territorio de disputa funcional, incluso sin un conflicto abierto declarado.

El principal riesgo que enfrenta Panamá en este contexto es la subordinación sin soberanía. Esto implica operar como un simple engranaje de los intereses externos, sin la capacidad de definir una estrategia nacional propia y autónoma. En un mundo sin reglas estables y con una creciente competencia por la influencia, la soberanía no se pierde únicamente por invasión militar, sino también por la dependencia estructural, la asimetría decisional y la captura de agendas nacionales por parte de intereses extranjeros.

La experiencia de otros Estados pequeños y estratégicos ofrece lecciones valiosas. Singapur, por ejemplo, ha comprendido que la neutralidad no debe confundirse con pasividad. Ha diversificado sus alianzas estratégicas, protege celosamente sus activos estratégicos clave y ha desarrollado un pensamiento geopolítico propio que articula de manera coherente el comercio, la seguridad y la diplomacia. Singapur no desafía directamente a las grandes potencias, pero tampoco se diluye en ellas, manteniendo una identidad y una capacidad de negociación distintivas.

Qatar, a pesar de su limitada posición geográfica y demográfica, ha transformado su vulnerabilidad en una capacidad de mediación, inversión estratégica y autonomía diplomática. Ha comprendido que, en un sistema sin reglas estables, el valor geopolítico debe traducirse en poder negociador y no en sumisión preventiva. Su capacidad para atraer inversiones, mediar en conflictos regionales y proyectar influencia en el escenario internacional es un testimonio de su enfoque estratégico.

Uruguay, por su parte, ofrece una lección diferente pero igualmente relevante: la coherencia institucional, una política exterior prudente y la defensa sistemática de sus márgenes de decisión. Aunque no es un nodo global como Panamá, ha sabido evitar la irrelevancia mediante una consistencia estratégica y una lectura realista de su entorno regional e internacional. Su compromiso con la democracia, el estado de derecho y la estabilidad económica le han ganado credibilidad y respeto en la comunidad internacional.

Panamá, en contraste, ha tendido históricamente a confundir la apertura con la ingenuidad y el multilateralismo con una renuncia al pensamiento estratégico. En el sistema postliberal descrito por Carney, esta actitud es insostenible. La pregunta ya no es con quién alinearse, sino cómo preservar la capacidad de decisión en un entorno de presiones cruzadas y de intereses contrapuestos.

Esto exige algo más profundo que simples ajustes diplomáticos o cambios tácticos en la política exterior. Requiere que surja un pensamiento geopolítico panameño, capaz de articular de manera coherente la historia, la soberanía, la economía y el poder del país. Un pensamiento que entienda que el Canal de Panamá no es solo una vía comercial, sino un activo estratégico fundamental para la seguridad y la prosperidad nacional; que la logística no es solo un negocio lucrativo, sino una herramienta geopolítica poderosa; y que la política exterior no puede seguir siendo meramente reactiva, sino que debe ser proactiva y basada en una visión estratégica a largo plazo.

El mundo postliberal no ofrece garantías, pero sí presenta oportunidades para aquellos que actúan con lucidez y determinación. Panamá puede seguir siendo un objeto pasivo de las decisiones ajenas, o puede convertirse en un sujeto estratégico consciente de sus límites y de su valor. Como advirtió Carney, el viejo orden no volverá. La verdadera pregunta es si Panamá está dispuesta a pensarse a sí misma dentro del mundo tal como es, antes de que otros lo hagan por ella, definiendo su destino sin su consentimiento. La ventana de oportunidad para esta transformación estratégica se está cerrando rápidamente.

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