En un mundo marcado por la post-verdad y la instrumentalización del saber, la epistemología se ha erigido como la conciencia crítica de la razón, examinando no solo los métodos científicos, sino también los intereses que subyacen a la producción del conocimiento.
Desde la noción de "paradigma" de Thomas Kuhn hasta el análisis de los "campos sociales" de Pierre Bourdieu, los filósofos de la ciencia han logrado subvertir el mito de una ciencia pura y desinteresada, demostrando que el conocimiento se construye a través de un complejo entramado de actores, intereses y relaciones de poder.
Michel Foucault, con su tesis del "saber-poder", argumenta que el conocimiento no es algo que el poder simplemente restringe, sino que lo produce para ejercer un control más sutil y efectivo. Por su parte, Bruno Latour nos legó el concepto de "redes sociotécnicas" para evidenciar que los hechos científicos no son descubrimientos neutrales, sino que se construyen a través de la interacción de científicos, inversores, instrumentos y tecnologías.
Esta realidad se manifiesta de manera elocuente en los programas de investigación, donde el financiamiento de la ciencia, en manos de gobiernos y corporaciones, sesga la dirección de la investigación hacia áreas que prometen un rápido retorno económico, en detrimento de aquellas que podrían servir a la emancipación de la humanidad.
Ante la eclosión de la era de la "post-verdad", la filosofía de la ciencia se enfrenta al desafío de restaurar la validez del discurso racional en una esfera pública fragmentada. Su tarea no se limita al análisis de la lógica de los argumentos, sino que debe volverse radicalmente política, examinando la función social de la ciencia y su capacidad para resistir a la instrumentalización por parte de los poderes económicos y políticos.









