En lo más profundo del océano, donde la luz no llega y el tiempo parece moverse más lento, habita una criatura que parece sacada de otra era: la Stygiomedusa gigantea. Con brazos que pueden superar los diez metros de longitud, esta enigmática medusa se desliza en silencio por el abismo, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado.
Desde que fue descrita por primera vez en 1910, la Stygiomedusa gigantea ha sido vista apenas 126 veces en un siglo, en un planeta cubierto en su mayoría por océanos. Esta rareza es parte de su aura: no es solo grande, es esquiva. Y, para los científicos, profundamente desconcertante.
Los investigadores del Monterey Bay Aquarium Research Institute (MBARI) están entre los pocos que han logrado filmarla más de una vez. Cuando aparece en las cámaras de los vehículos operados remotamente, no hay dramatismo. La medusa avanza despacio, con un movimiento casi hipnótico, como si el concepto mismo de urgencia no existiera en su mundo.
Su campana, que puede superar el metro de diámetro, se abre como un paraguas en la oscuridad. De ella cuelgan cuatro brazos planos, largos y ondulantes, que se mueven con una calma inquietante. Todo en ella transmite la sensación de un animal que ha evolucionado para un entorno donde la energía es un recurso precioso y cada gesto cuenta.
Aún más extraño es que, a diferencia de la mayoría de las medusas, no se le conocen células urticantes. No pica, no paraliza y no parece defenderse. Tampoco se le han documentado depredadores naturales. Los científicos creen que usa sus enormes brazos para envolver pequeños peces y crustáceos, atrapándolos con movimientos suaves y casi perezosos. Es una cazadora silenciosa.
Tradicionalmente, se ha ubicado su hábitat entre los 1.000 y 3.000 metros de profundidad, en zonas donde la presión es brutal y la temperatura ronda el punto de congelación. Un mundo que, para nosotros, es prácticamente alienígena. Pero en los últimos años, algunos avistamientos han cambiado esa idea, al haberse visto a la Stygiomedusa a profundidades mucho menores, incluso a menos de 300 metros, en regiones frías como la Antártida.
Estos nuevos avistamientos, logrados gracias a sumergibles diseñados originalmente para el turismo de lujo, han abierto una pregunta incómoda: ¿realmente sabemos dónde vive esta criatura? ¿O solo estamos viendo una pequeña fracción de su mundo?
Lo cierto es que, sobre la Stygiomedusa gigantea, aún hay muchas preguntas sin respuesta. No se sabe con certeza cómo se reproduce, ni su longevidad, ni su papel exacto en la red trófica del océano profundo. Es, en resumen, una criatura fascinante y enigmática, un recordatorio de que, incluso en plena era de satélites y secuenciación genética, el planeta sigue guardando secretos enormes, silenciosos y perfectamente ocultos en las profundidades marinas.












