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El agro, protagonista clave en la carrera global por los combustibles de aviación sostenibles

El agro, protagonista clave en la carrera global por los combustibles de aviación sostenibles

La carrera global por los combustibles de aviación sostenibles (SAF) acaba de dar un nuevo paso que confirma una tendencia de fondo: el agro dejó de ser un actor periférico y pasó a ocupar un lugar central en la transición energética. Sin ir más lejos, el etanol de maíz es clave para sostener los precios agrícolas.

Esta semana, el anuncio del joint venture entre Corteva y bp, bajo el nombre Etlas, es una señal clara de hacia dónde se está reconfigurando el mapa del negocio. La lógica es simple y, al mismo tiempo, disruptiva. La aviación es uno de los sectores más difíciles de descarbonizar, y el SAF aparece como la única vía realista para reducir emisiones sin cambiar la flota global.

Etlas apunta a resolver el cuello de botella más crítico: la disponibilidad de materias primas sostenibles, trazables y en volumen. Canola, mostaza, girasol y otros cultivos oleaginosos pasan a ser piezas estratégicas de una cadena que conecta genética, agronomía, industria y energía.

Pero Corteva y bp no están solos. En los últimos meses se multiplicaron los movimientos en la misma dirección. Bunge se asoció con grandes energéticas para procesar aceites vegetales y cultivos intermedios con destino a SAF y diésel renovable, mientras avanza en certificaciones de sostenibilidad.

Louis Dreyfus Company empuja el desarrollo de camelina en Sudamérica, una oleaginosa no tradicional pensada específicamente para este tipo de combustibles. La australiana Nufarm trabaja sobre nuevas plataformas tecnológicas para aumentar el contenido energético de la biomasa vegetal, impulsando las Brassicas en Argentina y Uruguay.

YPF, en un convenio con la provincia de Santa Fe, anunció la reconversión de su refinería en San Lorenzo, parada por razones ambientales, para procesar materias primas agrícolas.

Todo esto ocurre bajo un marco regulatorio cada vez más exigente. Europa avanza con mandatos obligatorios de uso de SAF en aviación comercial, y a nivel global esquemas como CORSIA presionan para reducir la huella de carbono del transporte aéreo. La demanda ya no es voluntaria ni cosmética: es estructural.

Emiliano Huergo, director del sitio BioEconomía.info, lo plantea con claridad: el SAF es una oportunidad histórica para países agroindustriales, pero no automática. Requiere políticas claras, reglas estables y una mirada estratégica que vincule producción primaria, industria y mercados internacionales.

También advierte sobre un punto clave: no cualquier materia prima sirve. La normativa plantea que no debe haber competencia con alimentos ni impactos sobre el uso del suelo. En este sentido, las Brassicas juegan en primera, porque se comportan en la práctica como cultivos de servicio, que no compiten con los granos con destino alimenticio.

La buena noticia es que la Argentina está jugando este partido. El potencial está claro: productividad agrícola, conocimiento técnico, experiencia exportadora. Se va amasando una visión que entiende que el SAF no es una moda. Es una nueva señal de que el agro es un gran protagonista de una transformación global.

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