En enero del año 2000, una expedición del Ejército Argentino logró una de las gestas más significativas de la historia de la Antártida Argentina al alcanzar el polo sur geográfico tras 39 días de marcha. A 26 años de aquel hito, se recuerda con admiración el espíritu de superación y el trabajo en equipo que hicieron posible este logro.
La expedición, integrada por Nicolás Bernardi, Julio Dobarganes, Daniel Paz, Ramón Celayes, Luis Cataldo y Juan Brusasca, y liderada por el entonces coronel Víctor Figueroa, se convirtió en la segunda expedición terrestre en llegar al punto más austral del planeta. A diferencia de la primera expedición de 1965, que utilizó vehículos oruga con trineos de arrastre, esta travesía se realizó íntegramente con motos de nieve, un hecho inédito a nivel mundial.
La planificación de la expedición se extendió durante dos años, con la cuidadosa selección de especialistas en distintas áreas técnicas, científicas y operativas. Una vez conformado el equipo, los expedicionarios fueron destinados al Comando Antártico en Buenos Aires, donde iniciaron una preparación intensiva basada en la autonomía, la confianza mutua y la responsabilidad individual, respaldados por el liderazgo del jefe expedicionario y las autoridades antárticas.
En enero de 1999, el grupo se trasladó a la base Belgrano II, la más austral del país, donde enfrentaron un serio imprevisto logístico: el rompehielos encargado de transportar los suministros no pudo llegar a destino y debió descargar el material a más de 150 kilómetros de la base. Esto obligó a los expedicionarios a realizar durante cuatro meses un exigente traslado de combustible y equipos, recorriendo kilómetros y kilómetros en condiciones extremas, lo que provocó un desgaste prematuro de las motos, que luego debieron ser reparadas.
Como parte de la preparación final, se desplegó una extensa red de depósitos de combustible a lo largo del trayecto hacia el Polo Sur. Además, a pocas semanas del inicio de la travesía principal, un accidente grave, en el que un vehículo cayó en una profunda grieta con cinco tripulantes a bordo, puso a prueba la capacidad de reacción del grupo, que afortunadamente logró rescatar a todos sin que ninguno perdiera la vida.
El 28 de noviembre de 1999 comenzó la travesía hacia los 90 grados de latitud sur. Durante 39 días, los expedicionarios enfrentaron un entorno extremadamente hostil, con temperaturas que descendieron hasta los 54 grados bajo cero, jornadas de marcha prolongadas, alimentación limitada y descanso precario en carpas. Debieron sortear campos de grietas, retroceder en varias oportunidades y atravesar zonas de compleja geografía, con formaciones de nieve que dificultaban el avance y exigían constantes desvíos.
El desgaste físico fue notable: todos perdieron peso y sufrieron el impacto acumulado del frío, el cansancio y la exigencia mental. En algunos tramos, el agotamiento obligó a reducir las marchas y a extremar los cuidados para evitar el enfriamiento corporal. Uno de los momentos más críticos se dio cuando atravesaron una fuerte tormenta que los mantuvo siete días inmovilizados en las carpas, con visibilidad casi nula. Durante ese período, la logística interna y la cooperación fueron claves para mantener la seguridad y la moral del grupo.
Finalmente, a medida que se acercaban a la meta, la ansiedad aumentó. Recién en los últimos kilómetros lograron divisar las instalaciones de la base Amundsen-Scott, confirmando que el objetivo estaba al alcance. La llegada al Polo Sur fue vivida con profunda emoción y orgullo, ya que dieron sentido a todo el sacrificio y esfuerzo.
Tras cumplir con los protocolos en la base estadounidense y plantar la bandera argentina, el grupo emprendió el regreso luego de algunos días de descanso y reparación del equipo. El trayecto de vuelta fue considerablemente más rápido, aunque no exento de riesgos, y culminó con una cálida recepción en la base Belgrano II.
A 26 años de la expedición, los protagonistas recuerdan la experiencia como una demostración de compromiso absoluto, liderazgo, camaradería y determinación, y rinden homenaje a quienes formaron parte de la gesta, reafirmando que la historia se construye a partir del coraje de asumir grandes desafíos.











