La ciberseguridad ha evolucionado de ser un problema meramente técnico a uno que involucra la forma en que las personas perciben y responden a los mensajes. Los ciberdelincuentes han adoptado estrategias de marketing digital para llevar a cabo ataques más efectivos y difíciles de detectar.
Anteriormente, los ataques se centraban en explotar vulnerabilidades de software. Hoy en día, los hackers se enfocan en aprovechar los patrones de comportamiento humano. Realizan un análisis exhaustivo de la víctima, estudiando su rol, lenguaje, publicaciones, horarios y contexto laboral, para luego personalizar el mensaje y adaptarlo al "público objetivo".
La inteligencia artificial juega un papel crucial en este proceso, permitiendo a los atacantes identificar disparadores emocionales, ajustar el tono y elegir el canal adecuado. En lugar de enviar un correo genérico, los ciberdelincuentes construyen una campaña maliciosa con múltiples "toques", diseñada para generar confianza y familiaridad, y evadir los controles de seguridad tradicionales.
Este nuevo enfoque hace que el phishing moderno sea cada vez más difícil de detectar, ya que se asemeja a una campaña de marketing bien ejecutada. Las organizaciones deben evolucionar sus respuestas, centrándose no solo en la protección de sistemas, sino también en la protección de las personas.
Esto requiere campañas de entrenamiento continuo para empleados, que simulen ataques reales y desarrollen criterio, no solo cumplimiento. También es necesario un monitoreo avanzado de las suites de colaboración empresarial y capacidades de Operaciones de Seguridad (SecOps) que reduzcan drásticamente los tiempos de detección, contención y respuesta.
La frontera de la ciberseguridad actual pasa por proteger a las personas, no solo los sistemas. Esto exige una visión integrada que unifique visibilidad, inteligencia y respuesta, a la par de adversarios que han entendido que influir puede ser tan poderoso como explotar.










