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La caída de Maduro y el futuro sombrío de la democracia en Venezuela

La caída de Maduro y el futuro sombrío de la democracia en Venezuela

La detención de Nicolás Maduro durante la invasión de Estados Unidos a Caracas el 3 de enero de 2026 no debe analizarse únicamente como un acto traumático de la justicia internacional o como una anomalía jurídica en el orden global. Se trata de un episodio paradigmático de la mutación contemporánea del poder, donde la democracia, el derecho internacional y la soberanía se subordinan a una lógica de excepción permanente, inaugurada después del 11 de septiembre de 2001 y hoy plenamente normalizada.

A diferencia de lecturas que repiten -con razón, pero sin novedad- la tesis del declive del orden liberal en la era de la globalización, el caso Maduro obliga a formular una pregunta más inquietante: ¿qué tipo de democracia puede sobrevivir cuando la hegemonía se ejerce mediante la suspensión selectiva del derecho internacional? El académico de Princeton University, Robert Keohane, advirtió tempranamente que los órdenes internacionales estables dependen de reglas previsibles y de la autocontención del actor dominante y hegemónico. Sin embargo, en 2026 ya no estamos ante un "declive" del orden liberal, sino frente a su reconfiguración autoritaria. Estados Unidos no ha abandonado el sistema multilateral, sino que lo instrumentaliza.

La captura de Maduro -sin mandato del Consejo de Seguridad- ilustra un patrón más reciente: a) neutralización multilateral selectiva, donde la legalidad es reemplazada por coaliciones ad hoc; b) judicialización extraterritorial del enemigo, usando imputaciones por narcotráfico o terrorismo, como sustituto de una legitimidad internacional ausente; c) fragmentación de reacciones globales donde China y Rusia denuncian la ilegalidad, Brasil y México vacilan estratégicamente y la ONU queda reducida a un conjunto de comunicados, sin capacidad coercitiva.

Este escenario no encaja en las previsiones de Keohane. Estamos ante una hegemonía estadounidense que no busca consenso, sino gestión del caos, aceptando la erosión normativa como costo calculado. El razonamiento de Washington, que sostiene que Maduro no es un jefe de Estado legítimo sino un actor criminal, es peligroso por tres motivos: primero, crea una jerarquía informal de soberanías, donde la legitimidad democrática es definida unilateralmente; segundo, desdibuja la frontera entre justicia penal y guerra, ampliando indefinidamente el concepto de "enemigo"; y tercero, establece precedentes replicables, no solo por Estados Unidos, sino por cualquier potencia con capacidad coercitiva.

Si la legitimidad electoral se convierte en una condición para el reconocimiento soberano, entonces ninguna democracia débil del Sur Global está a salvo. El problema no es la caída de Maduro, sino el "día después". La experiencia comparada es devastadora al mirar Irak y Libia: derrocamiento rápido, colapso estatal, violencia sectaria-religiosa y democracia formal sin soberanía real. Venezuela presenta condiciones similares, con un Estado penetrado por redes ilícitas, Fuerzas Armadas politizadas y una oposición fragmentada y dependiente del respaldo externo. En este contexto, la democratización post-Maduro corre el riesgo de ser una ficción electoral administrada desde EEUU, sin capacidad real de gobernabilidad.

El resultado más probable no es la democracia liberal, sino lo que podríamos llamar una "democracia tutelada", caracterizada por elecciones sin soberanía económica, dependencia permanente de actores externos y la debilidad crónica del Estado, junto con la normalización de la violencia política. La captura de Maduro podría confirmar el diagnóstico más pesimista sobre el futuro de la democracia global: ya no es un proyecto universal, sino un recurso retórico utilizado selectivamente para legitimar intervenciones militares.

La detención del dictador Maduro no inaugura una nueva era de justicia internacional, sino que profundiza un mundo donde el derecho se subordina a la fuerza y la democracia a la excepción invasiva. El verdadero drama en Venezuela no es Maduro, sino el futuro que se abre tras su caída. Un futuro donde la democracia, una vez más, podría ser la primera víctima colateral y desastrosa.

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