Desde tiempos inmemoriales, la historia de Caín y Abel ha sido un símbolo de la envidia y la violencia que pueden surgir entre hermanos. Sin embargo, una mirada más profunda a este relato bíblico revela una complejidad psicológica y social que va mucho más allá de la simple oposición entre el "bueno" y el "malo".
En un análisis exhaustivo, el psicoanalista Massimo Recalcati y el escritor José Saramago nos invitan a repensar la figura de Caín, alejándonos de la narrativa simplista que lo retrata como un fratricida sin más. Recalcati señala que Caín y Abel no son solo personajes del relato, sino "dos partes internas del sujeto, el indicador de una división que nos atraviesa a cada uno de nosotros".
La envidia de Caín hacia su hermano Abel no surge de un odio directo, sino de una profunda inseguridad y un sentimiento de inferioridad. Recalcati explica que "el envidioso nunca envidia simplemente algo del envidiado, sino que envidia su vida viva: su vida más viva que la de él". Es esta sensación de muerte en vida la que lleva a Caín a cometer el asesinato.
Pero la culpa de Caín no se limita a su acto violento. Saramago, en su novela "Caín", lo presenta como un personaje que se enfrenta al Creador, cuestionando la supuesta bondad de Dios y su justicia. Caín se convierte en el "superhombre" que no se amilana ante su voluntad de poder, integrando la oscuridad y los conflictos internos que la sociedad prefiere ignorar.
En este sentido, la figura de Caín nos obliga a reflexionar sobre nuestras propias sombras, los impulsos destructivos que habitamos y la facilidad con la que proyectamos nuestros males en los demás. Como señala Recalcati, "la violencia humana en absoluto se limita a comportamientos defensivos o de ataque dictados por el instinto, sino que habita en el corazón de nuestros vínculos más íntimos".
La relectura de este antiguo mito nos invita a comprender la complejidad de la condición humana, a aceptar nuestras propias contradicciones y a buscar formas de convivir con la diversidad, sin caer en la tentación de juzgar y condenar al otro. Porque, en última instancia, la historia de Caín y Abel es también la nuestra, la de una humanidad que lucha por encontrar su camino entre la luz y la sombra.












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