El final de un año es un momento propicio para la reflexión. Mientras dejamos atrás el 2025 y damos la bienvenida al 2026, es importante que nos detengamos a analizar los acontecimientos vividos, las lecciones aprendidas y las esperanzas que albergamos para el futuro.
La vida humana se cuenta en ciclos, y cada año que finaliza nos ofrece la oportunidad de mirar con sinceridad los éxitos y fracasos que hemos experimentado. La incertidumbre que caracterizó a los últimos años puso a prueba nuestra capacidad de adaptación, y las crisis nos mostraron quiénes ocupan lugares verdaderos en nuestras vidas. Los errores cometidos, a su vez, nos revelaron las áreas donde nuestro juicio falló o nuestra preparación fue insuficiente.
Pero el paso del tiempo también nos enseña a reordenar nuestras prioridades. Lo que parecía urgente al inicio del año quizá perdió relevancia hacia el final, mientras que aquello que se ignoraba al principio se volvió esencial más tarde. Este balance anual no debe medirse únicamente por la cantidad de metas alcanzadas, sino por la calidad de la adaptación que demostramos frente a las cambiantes circunstancias y la profundidad del autoconocimiento que logramos adquirir.
Entre las lecciones aprendidas, se destaca la importancia de desarrollar la resiliencia a través de hábitos que fortalezcan nuestro cuerpo y nuestra mente, como el ejercicio regular, el sueño suficiente y las relaciones auténticas. Asimismo, practicar la gratitud deliberada por lo elemental, como la salud, las personas confiables y el trabajo digno, nos ayuda a evitar dar por sentado aquello que puede desaparecer fácilmente.
Ahora, con la llegada del 2026, tenemos elevadas expectativas sobre el futuro que nos espera. Hacemos planes y dejamos que nuestra imaginación sueñe con todo lo maravilloso que podría pasar. Sin embargo, debemos ser conscientes de los retos que tendremos que enfrentar en los ámbitos de la salud, la familia, las relaciones y el trabajo. Este año que inicia no nos garantiza ni el éxito ni la ausencia de dolor, pero sí nos ofrece la oportunidad de aplicar lo aprendido con mayor sabiduría y menos ingenuidad.
La vida es bella y hay que vivirla bien cada minuto que tengamos. Vivir una vida feliz implica defender las condiciones que la hacen posible: la propiedad privada fruto de nuestro trabajo, la libertad para intercambiarla y la ausencia de coacción arbitraria. La historia nos demuestra que el ingenio humano y la cooperación social voluntaria siempre encuentran la manera de florecer, incluso bajo el peso del peor autoritarismo.
Recibamos el 2026 con la frente en alto y con la convicción de que nuestra vida nos pertenece. Que este cambio de ciclo sirva para renovar no solo nuestros propósitos personales, sino nuestro compromiso con la defensa de una república verdaderamente libre. Porque al final del día, los gobiernos pasan, los funcionarios cambian, pero la responsabilidad de buscar nuestra propia felicidad es intransferible. ¿Está dispuesto a defender su libertad? Que sea un magnífico año, lleno de libertad y prosperidad.











