Hace 55 años, en la noche del 31 de diciembre, el célebre cantautor cubano Silvio Rodríguez bajó de su segundo piso en la esquina de las calles 23 y 24 y se dirigió a la bodega de la esquina, que ya se encontraba cerrada. Junto al viejo sillón del limpiabotas Tato, estaba el teléfono público que Silvio solía utilizar.
En un emotivo relato, Silvio describe ese momento particular de su vida, cuando se encontraba a punto de despedir un año y dar la bienvenida a uno nuevo. "Al lado del viejo sillón de Tato, el limpiabotas, estaba el teléfono público que yo usaba", recuerda el artista.
En aquella época, Silvio Rodríguez era un joven que se encontraba dando sus primeros pasos en el mundo de la música. Su carrera, que lo convertiría en uno de los cantautores más influyentes de Latinoamérica, aún estaba por despegar. Sin embargo, ese 31 de diciembre marcó un momento significativo en su vida personal y artística.
La descripción detallada que Silvio hace de ese entorno, con la bodega cerrada y el sillón del limpiabotas, nos transporta a un momento histórico y nos permite imaginar la atmósfera de esa noche de fin de año. Ese teléfono público, que Silvio utilizaba con frecuencia, se convierte en un testigo silencioso de los sueños y aspiraciones del joven artista.
A lo largo de su carrera, Silvio Rodríguez se ha consolidado como una voz fundamental en la música latinoamericana, con una obra que ha trascendido fronteras y generaciones. Sin embargo, este relato personal nos recuerda que, detrás de la figura pública, existe un ser humano con vivencias y recuerdos que han moldeado su trayectoria y su forma de ver el mundo.
A través de este emotivo recuento, Silvio Rodríguez nos invita a reflexionar sobre la importancia de los momentos aparentemente insignificantes que, con el paso del tiempo, se convierten en hitos que marcan nuestras vidas. Ese 31 de diciembre, hace 55 años, fue el preludio de una carrera que ha dejado una huella indeleble en la música y la cultura latinoamericana.












