La paz es una aspiración inscrita en la conciencia humana, pero también una tarea esencial del ser humano. Aunque la paz es un don de Dios, la historia demuestra que no habrá paz si sólo nos contentamos con invocarla. Cada uno tiende a identificar la paz con su propia tranquilidad, lo que a menudo entra en conflicto con la tranquilidad de los demás.
Santos, sabios y humanistas han recordado que la paz es fruto de la justicia, el amor, la verdad, la solidaridad y el trabajo creador. En todos estos ámbitos, la contribución personal es imprescindible para edificar una sociedad pacífica. La Iglesia, fiel pregonera del Evangelio, ha insistido en este llamado a ser constructores de paz.
Hace 59 años, el papa Pablo VI instauró la Jornada Mundial de la Paz, celebrada cada primero de enero, como un llamado constante a la reflexión y a la acción. Desde entonces, los mensajes de los Papas por la paz no han cesado. El actual Pontífice, en su último mensaje titulado "hacia una paz desarmada y desarmante", nos recuerda que la paz que quiere habitar en nosotros tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, y ser aliento de lo eterno.
Mientras al mal se le grita "basta", a la paz se le susurra "para siempre". En este contexto navideño y de Año Nuevo, cuando abundan las felicitaciones y los deseos de paz, es un buen momento para reflexionar sobre lo que realmente hacemos como miembros de una sociedad sedienta de tranquilidad. ¿Nos limitamos a anhelar la paz o somos verdaderos constructores de ella? La contribución personal de cada uno es imprescindible para edificar una sociedad pacífica.












