La vida moderna se ha vuelto insostenible. Expertos advierten sobre los riesgos de una sociedad que corre a un ritmo vertiginoso, con exigencias laborales excesivas, tecnología invasiva y una cultura que glorifica el cansancio. Los efectos en la salud física y mental son alarmantes.
En las últimas semanas, se han reportado hechos preocupantes como muertes súbitas y colapsos de personas jóvenes, señales de que el estrés y la presión constante están cobrando un alto precio. Especialistas coinciden en que es urgente revertir esta tendencia y priorizar el bienestar humano por sobre la productividad.
República Dominicana no está exenta de esta problemática. La congestión vial, la desesperación al volante y la sensación generalizada de agobio reflejan una sociedad acelerada emocionalmente saturada. Aunque se han dado algunos pasos, como el cambio de horario en el sector público, los expertos afirman que se necesitan políticas públicas sostenidas que aborden la salud mental, la educación vial y una cultura que anteponga a la persona por sobre la productividad.
Otros países como Japón, España y Canadá ya han entendido esta urgencia y han implementado medidas para limitar los excesos laborales y fortalecer el equilibrio entre vida y trabajo. República Dominicana también tiene la oportunidad de liderar este cambio de paradigma, recordando que detrás de cada empleado hay una vida, una historia y un corazón que merecen ser cuidados.
La modernidad sin alma no sirve, y el desarrollo sin compasión no construye. Es momento de que como sociedad tomemos conciencia y aprendamos a vivir mejor, protegiendo nuestra mente, cuidando nuestro corazón y honrando la vida. El 2026 no debe encontrarnos esclavos del estrés, sino conscientes, equilibrados y verdaderamente libres.











