El vínculo entre un individuo y un país puede forjarse en los momentos más inesperados, incluso en medio de la tristeza deportiva. Para un periodista y fotógrafo cubano que llegó a la Argentina el 3 de julio de 2010, su primer contacto con la cultura argentina estuvo marcado por el silencio. Aquel día, la Selección Argentina caía 4 a 0 ante Alemania en los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica. El impacto de la derrota teutona transformó la ciudad de Buenos Aires en un espacio inusualmente callado, donde las bocinas y los bares llenos fueron reemplazados por una atmósfera de melancolía.
Aquella eliminación no fue un hecho cualquiera. El equipo representaba una cita con la historia que terminó prematuramente, al reunir por única vez a Diego Armando Maradona como director técnico y a Lionel Messi como capitán. Desde entonces, el profesional ha vivido los procesos mundiales desde el interior del país: la final perdida en Brasil 2014, la salida prematura y accidentada en Rusia 2018 y la euforia desbordada que significó Qatar 2022, donde las calles se llenaron de una fiesta difícil de igualar. Recientemente, el ciclo se completó con otra final en el Mundial que acaba de concluir, en la cual España se impuso y se llevó la copa con merecimiento.
A partir de estas experiencias, surge una reflexión sobre la naturaleza de la derrota. A los 45 años, el autor plantea que en la vida se pierde con mucha más frecuencia de lo que se gana, sugiriendo que ganar es el evento extraordinario, mientras que perder es lo normal. En este contexto, resulta fundamental diferenciar entre el acto de perder y el hecho de ser derrotado. Esta distinción es la que ha marcado a la generación liderada por Lionel Scaloni. Bajo su mando, la Selección ha acostumbrado a sus seguidores no solo a la victoria durante casi una década, sino también a la capacidad de perder sin quedar aniquilados.
Para el análisis periodístico y humano, el resultado final queda registrado en la estadística, pero el proceso para llegar a él constituye la verdadera historia. Elementos como el camino hacia la final, los abrazos, las lágrimas y las remontadas improbables definen la identidad de este equipo. Destacan hitos como el triunfo ante Inglaterra y la imagen de jugadores desplegando una bandera que decía “Las Malvinas son argentinas”, la cual fue pintada a mano sobre una sábana e ingresada al estadio a escondidas por hinchas. Esa terquedad de seguir compitiendo hasta el último segundo del reloj simboliza una resistencia que trasciende lo deportivo.
En una era donde el deporte de élite prioriza la victoria absoluta, los Mundiales ofrecen una lectura más profunda. El sociólogo argentino Pablo Alabarces ha cuestionado la idea común de que el fútbol refleja a la sociedad. Según Alabarces, el fútbol no es un espejo, sino una fábrica de relatos. A través del deporte, un país construye una historia sobre sí mismo, discute sus símbolos y organiza sus sentidos. Si bien la Selección no es la patria, durante un mes la sociedad actúa bajo esa convicción, imaginando quién le gustaría ser.
Es importante reconocer que un evento deportivo no tiene el poder de resolver problemáticas estructurales: no reduce la inflación ni corrige injusticias sociales. Sin embargo, tampoco puede reducirse a un simple negocio o a una maquinaria de entretenimiento. En el punto medio reside una verdad innegable: la felicidad que produce el fútbol, aunque sea efímera, es una felicidad real. Alabarces sostiene que se puede mantener una distancia crítica frente al fenómeno y, simultáneamente, no despreciar la alegría generada, pues la felicidad es también un derecho.
Desde la perspectiva del fotoperiodismo, esta realidad se traduce en un enfoque preferencial hacia los hinchas antes que hacia los goles. En los abrazos breves entre desconocidos se encuentra algo que escapa a las reglas del juego. No se trata de la esencia de una nación, sino de una de las pocas herramientas disponibles para sentir la pertenencia a un grupo y compartir una identidad común, aunque sea por un tiempo limitado.


