Mientras Estados Unidos celebraba el 250 aniversario de su independencia, el papa León XIV, nacido en ese país, eligió estar en la isla de Lampedusa. El pontífice repitió el viaje realizado por Francisco hace 13 años a este territorio, símbolo del drama de cientos de miles de migrantes en el Mediterráneo.
Durante su visita, León XIV comenzó rindiendo homenaje en el cementerio local, recordando que, según datos de Unicef, unas 26 mil personas han muerto en los últimos quince años intentando alcanzar suelo europeo. También cruzó la denominada "Puerta de Europa" acompañado por hijos de migrantes.
En una misa celebrada ante 6 mil personas, el Papa denunció que las muertes en el mar son víctimas de "decisiones tomadas o de decisiones omitidas". Criticó la corrupción en los lugares de proveniencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y el miedo que fomenta prejuicios. Dirigiéndose específicamente a Europa, señaló que el continente posee un potencial único y la responsabilidad de implementar políticas orgánicas para acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes, velando siempre por el respeto a la dignidad de cada persona.
Uno de los momentos más emotivos ocurrió cuando Leo, un niño migrante que perdió a su madre en el mar, le regaló una pelota de fútbol con el deseo de que este objeto hiciera feliz a otro niño.
El gesto de visitar Lampedusa justo el 4 de julio fue interpretado como un mensaje frente a la visión sobre los migrantes de la administración de Donald Trump, aunque el Papa mantuvo un gesto diplomático al asistir posteriormente a la residencia del embajador estadounidense en el Vaticano para el festejo nacional.
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