"No hermano, ¡no!". Gritos de desesperación resuenan en las afueras de Los Silos, en La Guaira. Lo que antes era una instalación portuaria de almacenamiento, se ha convertido en una morgue improvisada tras el doble terremoto del 24 de junio.
Bajo un intenso sol tropical y un olor a descomposición que golpea al entrar, decenas de familias esperan confirmar la muerte de sus seres queridos. El proceso es desgarrador. Mientras algunos intentan identificar cuerpos por la ropa, la mayoría se enfrenta a una secuencia eterna de más de mil imágenes proyectadas en televisores.
Rostros hinchados y piel oscurecida por el calor. Los familiares buscan cualquier rastro: un tatuaje, una pulsera o una prenda polvorienta. Liliana González, habitante de Catia La Mar, reconoció así a su sobrino. "Esto parece una película de terror", relata con la voz temblorosa.
La tragedia tiene rostros devastadores, como el de Jéssica Soto, quien espera los restos de su hija de 15 años y su nieta de 3, cuyos cuerpos fueron recuperados casi una semana después del sismo. Por su parte, Modesta Alemán recuerda el dolor de saber que, en algunos edificios, voluntarios escucharon voces de auxilio en ascensores, pero nadie los rescató.
En un entorno controlado por militares y marcado por la agonía, la cifra de muertos en Venezuela ya alcanza casi los 2.600, y las autoridades prevén que este número aumente significativamente. Entre urnas expuestas al sol y trámites burocráticos para obtener actas de defunción, las familias de La Guaira intentan cerrar un ciclo de dolor insoportable.
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