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Colapso vial en el Táchira: El aislamiento que despuebla y asfixia a Río Chiquito y La Petrolea

Freddy Omar Durán Desde El Corozo, municipio San Cristóbal, hasta San Vicente de La Revancha hay un trayecto de privilegiadas vistas naturales, no al alcance al menos de quienes no deseen sacrificar sus vehículos para recorrerlo. Y de ese asilamiento producto de la debacle de la vialidad, poblaciones como San Vicente de La Revancha, Río [...]

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Colapso vial en el Táchira: El aislamiento que despuebla y asfixia a Río Chiquito y La Petrolea
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El trayecto entre El Corozo y San Vicente de La Revancha se ha transformado en una barrera infranqueable debido al colapso vial y el abandono gubernamental. Esta crisis ha sumido en un aislamiento crítico a poblaciones como Río Chiquito y La Petrolea, provocando un éxodo masivo de familias que huyen de la precariedad, la falta de servicios básicos y una infraestructura vial que hace el tránsito casi imposible. La decadencia es total: la economía agrícola se asfixia, el transporte público ha desaparecido y el acceso a la salud es limitado. Mientras las reparaciones municipales avanzan con una lentitud desesperante, la zona, que fue cuna de la industria petrolera nacional, hoy enfrenta graves problemas de insalubridad y el olvido de su patrimonio cultural.

El trayecto que conecta El Corozo, en el municipio San Cristóbal, con San Vicente de La Revancha, ofrece una panorámica de privilegiadas vistas naturales. Sin embargo, este atractivo paisajístico se ha convertido en una barrera infranqueable para quienes no estén dispuestos a sacrificar la integridad de sus vehículos para recorrerlo. La debacle de la vialidad ha sumido en un aislamiento crítico a poblaciones como San Vicente de La Revancha, Río Chiquito y La Petrolea, donde el deterioro de las vías de comunicación ha impactado severamente la calidad de vida de sus habitantes.

Durante años, estas localidades se posicionaron como destinos ideales para quienes buscaban escapar del estrés citadino, gracias a un ambiente que aún conserva la tranquilidad y humildad de modos de vida tradicionales. No obstante, este esfuerzo civilizatorio por mantener vías de comunicación se ha visto superado por la fiera geografía y la falta de mantenimiento efectivo.

El impacto más visible de este abandono se refleja en Río Chiquito, pueblo que ha sufrido un proceso de desalojo progresivo. En los últimos años, más de 40 familias han abandonado sus hogares para buscar mejores oportunidades en otros rumbos, dejando casas que ya no responden al toque de la puerta. A pesar del éxodo, la población mantiene una estampa colorida que sigue cautivando a los pocos visitantes que se atreven a enfrentar las inconveniencias del viaje. En su plaza, aún se conserva una placa que conmemora una tragedia natural ocurrida en 1949, un recordatorio de la vulnerabilidad de una zona que, paradójicamente, posee una tierra generosa para el cultivo de hortalizas y frutas.

La economía local sobrevive gracias a la agricultura, aunque la falta de servicios básicos ha impulsado la migración. Según testimonios de pobladores recogidos por el equipo periodístico de Diario La Nación, aunque la tierra es productiva, la escasez de empleos en áreas de educación, seguridad y salud ha forzado a muchos a partir. A esto se suma la pésima calidad de la Ramal 19, cuya situación oscila entre huecos sorteables y el colapso total. Las consecuencias son graves: el suministro de gas es irregular, llegando apenas "cada cuaresntesma", y cualquier avería en los servicios básicos implica largas esperas. Un ejemplo reciente fue el daño de un transformador en La Petrolea, que provocó un apagón de tres días.

Si bien existen trabajos de reparación en la carretera asumidos por personal municipal, la comunidad percibe que el avance es insuficiente. Residentes denuncian que un grupo de 15 obreros ha empleado dos meses para construir apenas cincuenta metros de cuneta, criticando la lentitud de la gestión gubernamental y la falta de planificación, ya que las labores coinciden con el inicio del periodo de invierno, lo que reduce la eficiencia de los trabajos.

El declive económico es palpable en establecimientos como el Cafetín La Parada, propiedad de Darío Vargas. Lo que antes era un centro de actividad donde se estacionaban más de 12 autobuses por hora con destino a San Cristóbal y Rubio, hoy funciona principalmente como una bodega. El local sigue ofreciendo platos tradicionales como el "apretado" —queso de mano entre dos paledonias— y chimú, pero el flujo de personas ha caído drásticamente. El transporte público, que antes operaba hasta las siete de la noche, se ha reducido a solo dos unidades que salen a las siete de la mañana y regresan al final de la tarde. Vargas señala que el tiempo de viaje hacia San Cristóbal aumentó de una hora a hora y media, y que hace ocho años que la carretera comenzó a deteriorarse, afectando incluso el paso de los ciclistas de la Vuelta al Táchira.

La situación en La Petrolea es igualmente crítica. Este lugar, que fue la cuna de una de las economías más prósperas de América Latina al albergar la primera explotación de hidrocarburos de Venezuela, hoy se encuentra sumido en el abandono. Luis José Suárez, residente de la zona, expresa su preocupación por las lluvias que alimentan la quebrada La Osita, la cual representa un peligro constante de desbordamiento. Además, el tránsito de carga pesada, que utiliza la vía como salida hacia la frontera, agrava el daño vial debido al gran tonelaje de los camiones, que abren nuevamente los huecos que han sido rellenados con arena.

La precariedad se extiende a la salud y los servicios básicos. En La Petrolea no existe sistema de alcantarillado, obligando a los habitantes a utilizar pozos sépticos que se han convertido en focos de insalubridad, malos olores y proliferación de zancudos, lo que ha derivado en casos de dengue. El acceso a la salud es limitado: un médico asiste al centro de salud solo dos veces por semana, y ante cualquier emergencia médica, los pobladores deben depender de la solidaridad de los vecinos o solicitar ambulancias desde Rubio.

Finalmente, el patrimonio cultural también sufre el olvido. El parque temático de La Petrolea, destinado a preservar la leyenda y el significado cultural de la zona, se encuentra sin mantenimiento y es prácticamente inaccesible, descrito por los locales como un lugar lleno de "monte y culebra", a pesar de que el año pasado se anunciaron trabajos de reapertura para diciembre que aún no han sido completados.

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