El 25 de junio de 1978 quedó marcado como el día en que Argentina alcanzó su gran anhelo futbolístico: ser los mejores del mundo. El escenario fue el estadio de River Plate, donde la selección nacional se enfrentó a Holanda, un rival temido que ya había dejado una marca dolorosa cuatro años atrás en el Mundial de Alemania. El encuentro fue el resultado de cuatro años de trabajo puestos en juego en noventa minutos.
Los preparativos para la final comenzaron con una logística rigurosa. La FIFA envió la Copa del Mundo en un camión de caudales hacia la oficina del Gral. Merlos, presidente del EAM 78, ubicada en el Monumental. El trofeo llegó 24 horas antes para evitar tumultos, siendo custodiado por dos granaderos. Merlos, tras firmar un acta de responsabilidad labrada por un escribano, aseguró la copa cerrando su oficina con todas las llaves posibles y un candado en el picaporte, manteniendo seis guardias en la puerta durante toda la noche.
La mañana del encuentro fue testigo de una marea humana. A partir de las siete, la gente comenzó a congregarse, y a las diez se abrieron las puertas del estadio. En medio de la expectación, ocurrió un incidente con operarios de Segba que, al llegar en una camioneta naranja, fueron confundidos con hinchas holandeses. La multitud, saltando sobre el vehículo y cantando “¡El que no salta es un holandés!”, casi lincha a los trabajadores. Asimismo, las bandas militares encargadas de los himnos recibieron instrucciones estrictas de no marcar el paso para no arruinar con las botas el ya maltrecho césped del campo de juego.
El acceso al estadio fue una verdadera odisea económica. La fiebre por las entradas generó avisos clasificados en los diarios con valores impensados; hubo personas que llegaron a ofrecer sus locales comerciales o permutar sus autos por una entrada en la popular. Jorge Obiglio, quien asistió al partido, recuerda haber llegado cuatro horas antes y haber pasado el tiempo llorando ante la magnitud del evento, sintiéndose uno de los pocos privilegiados.
El plantel argentino vivió un traslado complejo desde su concentración en José C. Paz. Debido a las decenas de miles de personas que los saludaban con banderas, cruces y gritos, el micro debió cambiar su recorrido y aumentar la custodia. El equipo arribó a la cancha a las 14:10, apenas 50 minutos antes del inicio, mientras que los holandeses habían salido con mayor antelación para evitar los inconvenientes del tráfico y la presencia de la gente en la calle.
En el vestuario, el clima era de nervios y concentración. Tras la arenga de Menotti, Leopoldo Jacinto Luque instó a sus compañeros a dejar la vida en la cancha, pidiéndoles que miraran a la tribuna y no defraudaran a la gente que siempre creyó en ellos. Antes del pitazo inicial, surgió una disputa entre el capitán Daniel Passarella y el árbitro italiano Sergio Gonella, ya que el argentino exigió que René van der Kerkhof se quitara el yeso que llevaba en uno de sus antebrazos.
El partido fue duro y violento, con patadas y empujones. Argentina se adelantó con un gol de Kempes y contó con dos atajadas monumentales de Fillol. Holanda empató faltando siete minutos y estuvo cerca de ganar en el minuto 90 con un tiro en el palo de Rensenbrink. Finalmente, en el tiempo suplementario, una jugada de Kempes para el 2-1 y un gol de Bertoni para el 3-1 sellaron la victoria, consagrando a Argentina campeón del mundo por primera vez en la historia. El final trajo consigo llantos, abrazos y la invasión de la cancha.
El triunfo desató una movilización masiva en todo el país. Se estima que entre 16 y 17 millones de personas, aproximadamente el 65% de la población, salieron a festejar en ciudades y pueblos, incluso bajo temperaturas de más de 10 grados bajo cero en el sur. Este fenómeno instauró la costumbre de celebrar en el Obelisco, impulsada por el éxito de las salas de Gran TV Color, donde la gente veía los partidos en pantallas gigantes y luego confluía en ese punto equidistante. Además, la cercanía de las redacciones de los principales diarios facilitó la cobertura fotográfica de las masas en esa zona.
Sin embargo, este clima de fiesta coexistió con una realidad social compleja. Mientras el país celebraba, existía un contraste profundo con una sociedad cautiva y gris. Para quienes sufrían la desaparición de sus seres queridos, el Mundial representó un momento donde las esperanzas flaquearon ante el silencio oficial y el apoyo al gobierno. Eduardo Sacheri y el periodista holandés Kees Jansma coinciden en que, aunque el contexto político era oscuro, la alegría de la gente en las calles fue genuina. El 25 de junio de 1978 fue un estado de excepción que no se pareció a ningún otro día de la vida argentina.


