La ciudad de Boston, en el estado de Massachusetts, ha vivido una semana extraordinaria marcada por la alegría, la música y el consumo masivo de cerveza, todo provocado por la llegada de la afición escocesa. Conocidos popularmente como la "Tartan Army", aproximadamente 50.000 seguidores se desplazaron hasta la capital de Massachusetts para apoyar a su selección nacional durante la fase de grupos del Mundial, un evento que Escocia no pisaba desde hace 28 años.
La presencia escocesa transformó las calles de Boston en un escenario de fiesta constante. Durante la primera semana del torneo, los aficionados inundaron los espacios públicos con cánticos y el uso de prendas tradicionales. El colorido fue una constante, con numerosos hombres vistiendo kilts, las faldas tradicionales de su tierra, mientras que otros optaron por la clásica camiseta azul de la selección. Asimismo, el evento tuvo un tinte familiar, ya que muchos padres aprovecharon la ocasión para llevar a sus hijos al Mundial, buscando crear recuerdos imborrables para las futuras generaciones.
El impacto económico en la zona del centro histórico de Boston fue inmediato y contundente. Debido a que la ciudad posee fuertes raíces de inmigrantes irlandeses, los pubs locales se convirtieron en los epicentros de la celebración. Los establecimientos registraban colas interminables desde las once de la mañana, llenándose apenas abrían sus puertas. Esta demanda sin precedentes puso a prueba la logística de suministro de la ciudad.
La famosa cervecería Samuel Adams, productora de la conocida "Boston lager", se vio obligada a realizar pedidos de emergencia tras agotar sus reservas habituales para intentar satisfacer el ritmo de consumo de los visitantes. Los distribuidores de la zona también se encontraron desbordados por las peticiones masivas de los diversos bares de la ciudad. Oran McGonagle, dueño del pub irlandés The Dubliner, destacó que esta ha sido la mejor semana de negocio en los cuatro años de existencia de su local, asegurando que el Mundial triplicó las ventas de festividades tan importantes como el Super Bowl o el día de San Patricio. Según McGonagle, los escoceses han asistido y bebido en grandes cantidades.
En este contexto de euforia, algunos aficionados compartieron sus experiencias personales. Callum Fraser, uno de los seguidores, describió a los habitantes de Boston como personas "amigables y acogedoras", mientras admitía que en un día de partido podía llegar a beber entre 17 y 20 cervezas.
La pasión de la Tartan Army no se limitó al consumo, sino que se manifestó en expresiones culturales que cautivaron a los locales. Los cánticos como "No Scotland No Party" y el himno no oficial "Yes Sir, I Can Boogie", del dúo español Baccara, resonaron por toda la ciudad. Además, los escoceses implementaron una tradición propia de Glasgow: colocar conos sobre las cabezas de los monumentos de Boston, apropiándose simbólicamente del espacio urbano. Incluso el Fenway Park, el emblemático estadio de béisbol de los Red Sox, fue invadido por aficionados que, más que interés en el deporte local, mostraban un deseo ferviente de cantar al unísono y beber cerveza, convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas del Mundial.
El vínculo establecido entre los visitantes y los bostonianos fue tan profundo que derivó en acciones políticas. La alcaldesa de Boston, Michelle Wu, anunció un tratado de hermandad entre Boston y Glasgow con el objetivo de que los escoceses sientan la ciudad como una segunda casa. Por otro lado, la gobernadora de Massachusetts, Maura Healey, tomó una medida simbólica pero significativa al firmar una orden ejecutiva para legalizar el haggis, el plato tradicional hecho con pulmón de oveja, que sigue prohibido a nivel federal en Estados Unidos.
La partida de la afición fue sentida por la prensa local. El Boston Globe, el periódico de referencia de la región, dedicó una emotiva columna para despedir a la Tartan Army, afirmando que su paso por la ciudad no será olvidado pronto. Ahora, la afición escocesa se traslada a Miami, donde su selección se enfrentará a Brasil en el último partido de la fase de grupos, un encuentro decisivo que podría otorgarles la clasificación a las rondas eliminatorias por primera vez en su historia.

