El viernes 5 de junio se produjo la muerte del Indio Solari, una figura cuya influencia trascendió la música para convertirse en un pilar de la realidad cultural argentina. En sus últimas horas, el artista orquestó una imagen final el jueves 4, solicitando a su asistente Gastón Daus que lo fotografiara entre los árboles Rhus de su parque, los cuales en otoño adquieren una tonalidad incandescente. La fotografía lo muestra con gabán largo y bastón, capturado en el momento de dar un paso, como si se dirigiera hacia algo más allá del cuadro.
Solari no fue solo un cantante y compositor, sino un creador de universos. Su legado reside en canciones que funcionan como el esqueleto del estado de ánimo de millones de personas y en una co-creación del lenguaje rioplatense. Expresiones como "a brillar mi amor", "vamos las bandas" o "mi único héroe en este lío" se integraron al habla cotidiana, mientras que versos como "violencia es mentir" o "si no hay amor, que no haya nada" articularon pensamientos y defensas apasionadas de sus seguidores.
Surgido de una familia de clase media baja, hijo de José Solari y "mamá Chicha", el Indio vivió contrastes marcados, pasando de una infancia con Meccanos a periodos de necesidad y persecución tras el despido de su padre. Su curiosidad intelectual lo llevó a ser un lector ecléctico y un militante del arte, convencido de que la revolución debía ser un acto cotidiano de conciencia. Esta devoción por la creación lo llevó a pasar privaciones en sus inicios, compartiendo con Virginia un departamento donde se calentaban con el horno abierto.
Su trayectoria musical comenzó con Los Redondos, una banda que nació como una broma entre amigos y que, junto a Skay y Poli, se transformó en un fenómeno de culto. Con el tiempo, el público de vanguardia fue desplazado por los "pibes del pogo", y Solari asumió la responsabilidad de elevar la vara artística para este sector. Sus shows se convirtieron en experiencias "full contact", alejadas de la normalidad democrática y planteadas como espacios donde vivir significaba arriesgarse.
Desde el disco Oktubre en 1986, Solari utilizó la ambigüedad poética para realizar gestos políticos, instando al pueblo a tomar las riendas de su destino. En los años 90, durante el menemismo, los conciertos de Los Redondos se transformaron en experimentos sociopolíticos: espacios de libertad y comunidad donde los marginados por el sistema encontraban un refugio y un sentimiento de igualdad. Solari actuó como un guía que, sin recurrir a corporaciones ni medios masivos, construyó una autoridad genuina basada en el respeto y la reciprocidad con su público.
En el plano personal, Solari fue un hombre de gustos sofisticados y profundos. Noctámbulo, melómano y cinéfilo, admiraba a directores como Kurosawa y Herzog, y era un ávido coleccionista de cómics y lector de autores como Kafka y Orwell. A pesar de su masiva popularidad, vivió los últimos veinte años de forma anacoreta en su estudio y hogar, dedicándose a grabar y a contemplar la naturaleza.
Su capacidad para crear lenguaje y personajes lo ha llevado a ser comparado con figuras como Shakespeare, Borges o Gardel. No solo enriqueció la verba local con neologismos como "bestia pop", "superlógico" o "crono-rock", sino que elevó el arte popular sin bajar la vara para ser comprendido. Como cantante, transitó desde un registro abrasivo hasta uno cálido y expresivo, incorporando texturas de música electrónica, tango y música clásica.
Finalmente, el Indio Solari se distinguió por una generosidad silenciosa. Un ejemplo de ello ocurrió en 2017, cuando cantó a capella "Juguetes perdidos" para la madre de Micaela García, víctima de femicidio, durante el velorio de la joven. Su vida fue una búsqueda de la "elegancia del espíritu", esforzándose por estar a la altura de la reputación que su público le había otorgado, comprometido con la belleza y la virtud hasta su último aliento.


