Un fuerte zumbido a las cuatro de la mañana y, segundos después, una explosión. Así comenzó la pesadilla de Elena, una residente de la región de Moscú, cuyo apartamento en un quinto piso se incendió tras el impacto de un dron ucraniano el pasado 17 de mayo.
Este incidente es parte de una tendencia creciente. Residentes de las ciudades más grandes de Rusia, que durante años estuvieron protegidos de las realidades diarias de la guerra, ahora enfrentan el conflicto en sus propios hogares. Ataques masivos han alcanzado Zelenograd, San Petersburgo y sus alrededores, donde los sistemas antimisiles rusos han fallado en algunos objetivos.
El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, calificó estas acciones de largo alcance como "totalmente justificadas", enviando un mensaje claro: el Gobierno ruso debe terminar la guerra. Pero el impacto no es solo militar; es también económico y social. Los ataques a refinerías han provocado escasez y racionamiento de gasolina en Crimea.
Según la antropóloga Alexandra Arkhipova, el "contrato social" informal del Kremlin, que aseguraba a los moscovitas que la guerra no les afectaría, se está fracturando. A esto se suman restricciones a internet, el bloqueo de aplicaciones de mensajería y la implementación de la aplicación estatal "Max", que ha generado temores de vigilancia gubernamental, llevando a algunos ciudadanos a usar teléfonos desechables para mantener su privacidad.
El cansancio es evidente. Una encuesta del Centro Levada reveló que el 62% de los encuestados está a favor de iniciar negociaciones de paz. Desde los edificios dañados en Khimki hasta las calles de San Petersburgo, el sentimiento es el mismo: una creciente fatiga y el deseo urgente de que el conflicto termine.
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