Imagina navegar en un mar tranquilo, sabiendo que estás atrapado en medio de una zona de guerra. Esta es la realidad de unos 20 mil marineros varados en el Estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más transitadas del mundo para el transporte de petróleo y gas.
Desde el inicio del conflicto entre Irán y la alianza de Estados Unidos e Israel, el paso ha sido cerrado por Irán, dejando a unos 1.600 barcos incapaces de salir. Para tripulantes como el capitán Hassan Khan, la calma exterior es engañosa; el ambiente a bordo es de ansiedad constante, marcado por el miedo a los misiles y las minas que acechan bajo las olas.
La crisis no es solo militar, sino humanitaria. El abastecimiento de agua y alimentos se ha vuelto impredecible y costoso. En algunos casos, el precio del agua ha subido drásticamente, pasando de un costo de 2 mil dólares a 11 mil dólares, mientras algunos proveedores aprovechan la situación.
Aunque algunos buques de China, India y Pakistán han logrado salir mediante diplomacia y el pago de tarifas millonarias, otros siguen atrapados. El barco Banglar Joyjatra, de Bangladesh, es un ejemplo de la complejidad actual: se enfrentan a la exigencia de pago de Irán y, simultáneamente, a la amenaza de sanciones por parte de Estados Unidos si acceden a pagar dicho peaje.
Con al menos 11 marineros muertos y una tensión persistente marcada por la presencia de drones y buques de guerra, muchos profesionales de la marina mercante ahora replantean su futuro en una profesión que ha evidenciado su vulnerabilidad ante conflictos estratégicos. Mientras tanto, miles de familias esperan una respuesta que aún no llega.
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