El fútbol tiene maneras extrañas de cerrar círculos. Hace una década, el Leganés inició su camino hacia la élite frente al Mirandés; hoy, ante el mismo rival, los pepineros han logrado evitar el descenso en su peor temporada de los últimos años.
Ha sido una campaña horrorosa y cruel. Un equipo roto, sin identidad y marcado por decisiones incomprensibles, cambios constantes de rumbo y una plantilla mal diseñada. Tras una derrota contra el Cádiz que dejó al club herido de muerte y a la afición rota, apareció Carlos Martínez. El "hombre de las emergencias" regresó a Butarque para intentar rescatar, más que el fútbol, el orgullo perdido.
La salvación no fue brillante ni bonita. Fue una supervivencia agónica y sudada, llena de heridas, pero necesaria. El miedo en Leganés no era solo descender, sino caer en la traicionera Primera Federación, una categoría donde muchos clubes históricos han desaparecido entre urgencias económicas y proyectos rotos.
Sin embargo, la permanencia no borra los errores. No tapa la mala gestión ni el deterioro deportivo del último año y medio. El club necesita ahora una reconstrucción profunda si no quiere volver a caminar al borde del abismo la próxima temporada.
No fue el mejor Leganés, ni el más brillante, ni el más justo con su gente durante este año, pero se negó a desaparecer. Al final, el círculo se cerró en Butarque: el mismo rival que vio nacer la hazaña hace diez años fue el testigo de una supervivencia necesaria. Porque a veces, en el fútbol, sobrevivir es la única forma de volver a empezar.
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