Tulsi Gabbard ha renunciado a su cargo como Directora Nacional de Inteligencia de Estados Unidos. Aunque la razón oficial es el diagnóstico de un tipo raro de cáncer de huesos de su marido, su salida ocurre tras un mandato marcado por profundas tensiones con la administración de Donald Trump.
Pese a compartir la ideología de “Estados Unidos Primero”, las posturas no intervencionistas de Gabbard chocaron con las acciones militares del presidente. Mientras el equipo de seguridad nacional se reunía en Mar-a-Lago para coordinar operaciones en Venezuela, Gabbard se encontraba en Hawái. Asimismo, sus advertencias públicas sobre el riesgo de una “aniquilación nuclear” antes de los ataques a Irán enfurecieron a la Casa Blanca, dejándola marginada de decisiones clave de política exterior.
Sin embargo, Gabbard encontró terreno común con Trump en la lucha contra el llamado “Estado profundo”. Durante su gestión, revocó las autorizaciones de seguridad de al menos 37 funcionarios y desclasificó documentos sobre las elecciones de 2016 para afirmar que existió una conspiración de la administración Obama contra Trump.
También generó controversia por su presencia en un registro del FBI en el condado de Fulton, Georgia. Expertos en derecho electoral señalaron que esta acción corría el riesgo de socavar la línea divisoria entre la inteligencia exterior y las operaciones policiales nacionales, ámbito donde la Directora Nacional de Inteligencia no tiene autoridad legal.
Beth Sanner, exsubdirectora nacional de Inteligencia, resumió su paso por el cargo afirmando que Gabbard no estaba en sintonía con la administración, sugiriendo que sus siglas DNI se convirtieron en “do not invite”, o “no invitar”. Tras 18 meses en el puesto, Gabbard deja una gestión caracterizada por la purga de funcionarios y la falta de implicación en las estrategias militares del presidente.
Suscríbete a Noticias lat para más noticias.


