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CHERNOBIL: LOS ‘BIORROBOTS’ QUE ARRIESGARON SUS VIDAS EN EL TECHO DEL REACTOR

CHERNOBIL: LOS ‘BIORROBOTS’ QUE ARRIESGARON SUS VIDAS EN EL TECHO DEL REACTOR
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Cuando el reactor número 4 de Chernóbil explotó, unas 200 toneladas de material radiactivo se dispersaron por la central nuclear. La tarea de limpiar este desastre recayó sobre los liquidadores , un contingente de militares, bomberos, mineros y civiles enviados por la URSS al escenario del peor accidente nuclear de la historia. Aleksander Makárov, un instalador de ascensores moscovita de 28 años y padre de dos hijos, fue uno de ellos.

Un llamado inesperado lo sacó de su vida cotidiana en un apartamento comunal. Cojo el teléfono y me preguntan: ¿Aleksander Vladímirovich Makárov? Venga en el plazo de una hora a la oficina de reclutamiento militar , relata. El destino, aunque no explicitado, era evidente para todos: Chernóbil.

Inicialmente, los liquidadores se dedicaron a tareas de apoyo, como la construcción de barracones para el personal de retaguardia, la recolección de cosechas en los campos cercanos y la limpieza de escuelas y guarderías en los pueblos aledaños. Se movilizaban en camiones de bomberos, abriendo zanjas para tendidos eléctricos y retirando tierra contaminada.

El punto álgido de su participación llegó cuando fueron asignados a una de las zonas más peligrosas: el tejado del reactor número 3, adyacente al reactor número 4, el que había explotado. Bajo el mando del general Nikolái Tarakánov, se enfrentaron a una tarea aterradora.

El general Nikolái Tarakánov estuvo allí todo el tiempo. Y nos mostraba en un monitor (había cámaras en el tejado) por dónde ir, qué coger, qué hacer, dónde estaban las palas, dónde las camillas para que no saliéramos corriendo a buscar nada. Nos guiaba un acompañante. Habían hecho un agujero en el tejado, pusieron una escalera y por ella salíamos al tejado. Salimos corriendo, cogimos las palas, echamos en las camillas trozos de grafito que después de la explosión habían caído en el tejado vecino, y los tirábamos así al reactor que había explotado , explica Makárov con una memoria sorprendentemente nítida.

La velocidad era crucial. Cada segundo de exposición a la radiación aumentaba el riesgo. Makárov realizó tres ascensos al tejado, con duraciones de minuto y medio, dos minutos y finalmente, fue retirado debido a su alta exposición a los roentgen, una unidad de medida antigua de la radiación.

A la tercera vez ya no me querían dejar entrar. Tenía muchos roentgen. Es verdad que, antes de salir allí, al tejado, nos ponían una placa de plomo en el pecho y otra en la espalda sujetas con cordones. Otra placa en la nuca. Y unas llamadas bragas de plomo. Luego, un delantal de goma muy grueso se enrollaba de delante hacia atrás, otro segundo de atrás hacia delante, y un tercero otra vez de delante hacia atrás. Eran bastante macizos, pesados Igual todo eso pesaba unos 30 kilos. Además, llevábamos un respirador. Con ese equipo salíamos , describe Makárov el pesado equipo de protección que utilizaban.

A pesar del peligro, Makárov asegura que nadie de su grupo intentó eludir la tarea. Reconoce que en ese momento no eran plenamente conscientes de la magnitud del riesgo. Lo que sí les impactó fue la visión de los pueblos desiertos en su camino a Chernóbil.

Cerca de la central había un bosque, y todavía lo recuerdan como el bosque rojizo . Estaba como cortado con un cuchillo: una mitad, roja. La otra, verde. Así fue como pasó la onda de radiación. La parte rojiza se quemó y la verde no. Era algo extraño. En pleno verano y todo rojizo, como si se hubiera quemado en un incendio , rememora.

Los primeros intentos de limpieza se realizaron con robots, pero estos resultaron ineficaces. Los robots se volvían locos. No resistían esa radiación, simplemente se quemaban. Y ahí estábamos nosotros, los biorobots. Así nos llamaron después, biorobot. No teníamos la sensación de que podríamos no regresar. En cambio, los bomberos que acudieron primero... ellos no sabían nada y se quemaron al instante. Entraron en un infierno tan grande que no tuvieron opciones. A nosotros ya nos ponían plomo, aguantábamos un minuto y medio, o dos como máximo en cada turno. Recibimos radiación, pero no dosis mortales , explica.

Makárov luce con orgullo las insignias y medallas que ha recibido en reconocimiento a su sacrificio, tanto en la época soviética como en la actual Rusia. Recibe beneficios como una jubilación anticipada a los 50 años, descuentos en el alquiler y exenciones de impuestos sobre vehículos. Tras su regreso de Chernóbil, las autoridades soviéticas le proporcionaron un nuevo apartamento, permitiéndole dejar atrás la vida en un apartamento comunal. Incluso tuvo una tercera hija, a quien bromea diciendo que salió muy guapa a pesar de la radiación .

Sin embargo, no todos sus compañeros tuvieron la misma suerte. Oficialmente, 31 personas murieron en los primeros tres meses a causa de quemaduras o envenenamiento agudo por radiación. El número de fallecimientos posteriores debido a los efectos a largo plazo de la radiación es desconocido. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el número total de víctimas podría alcanzar las 4.000.

En Moscú, un monumento en el Parque de la Victoria, inaugurado en 2017, honra la memoria de los liquidadores de Chernóbil. El monumento es un recordatorio de su valentía, su sacrificio y su contribución para mitigar los efectos del accidente y proteger a Europa de una catástrofe aún mayor, a costa de su propia salud. Su historia es un testimonio del coraje humano frente a la adversidad y un sombrío recordatorio de las consecuencias de la energía nuclear fuera de control.

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