La actuación de Morante de la Puebla en la plaza de toros de Sevilla ha sido descrita como una manifestación artística de profunda intensidad, evocando la esencia misma del duende teorizado por Federico García Lorca. El torero sevillano, según el análisis, no se limitó a la técnica o al dominio, sino que conectó con una fuerza primigenia, arraigada en la memoria y la sangre, que se manifiesta en la creación en acto.
La faena de Morante, especialmente su segunda actuación en Sevilla, se caracterizó por una quietud pétrea y un control sutil de la embestida, capaz de cautivar al público y suspender la respiración. Cada lance, cada movimiento, fue interpretado como una expresión de ese genio inasible que Lorca atribuye al duende, una fuerza que desafía la explicación racional y se nutre del dolor y la pasión.
El autor del artículo establece paralelismos entre el arte de Morante y la obra de figuras icónicas de la cultura española como Goya, cuyas pinceladas oscuras transmiten una profunda emoción, y Paco de Lucía, el guitarrista que encontró en su instrumento tanto amor como condena. Al igual que estos artistas, Morante parece entregarse a un pozo de creatividad donde el genio reside, dudando de su propia ciencia pero abandonándose a la inspiración.
Se destaca que el duende se encuentra en la herida oscura y originaria, en el dolor milenario de un pueblo auténtico, y que su manifestación es un encuentro flamígero entre la pasión y la muerte. El arte, en este contexto, se convierte en una experiencia religiosa, arraigada en la tierra y en la noche de los tiempos. La actuación de Morante, por tanto, no es solo una demostración de habilidad taurina, sino una expresión artística que conecta con las raíces más profundas de la cultura española.
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