A más de 500 años de su fallecimiento, la causa exacta de la muerte de William Shakespeare sigue siendo un enigma. El bardo inglés, cuya celebración anual coincide con el Día Internacional del Libro, falleció en 1616 en circunstancias poco claras, sin registros médicos oficiales que arrojen luz sobre sus últimos días.
Durante décadas, la teoría más extendida apuntaba a una muerte por excesos alcohólicos, surgida a medio siglo de su deceso. Sin embargo, expertos modernos inclinan la balanza hacia una enfermedad infecciosa, como el tifus, prevalente en la época debido a las deficientes condiciones sanitarias y la contaminación del agua.
La falta de documentación es notable, considerando que el yerno de Shakespeare, John Hall, era un médico reconocido que mantenía diarios detallados de sus pacientes. Su silencio sobre la salud de su suegro alimenta aún más el misterio.
Otras hipótesis, aunque sin confirmación, sugieren insuficiencia cardíaca, un derrame cerebral provocado por tensiones familiares, e incluso el consumo de cannabis. La tumba del dramaturgo, protegida por una supuesta maldición que disuade la profanación, tampoco ha sido abierta para un análisis forense. Investigaciones con radar de penetración terrestre en 2016 revelaron una anomalía en el área de la cabeza, indicando la posible ausencia del cráneo, presuntamente robado.
Curiosamente, la muerte de Shakespeare pasó prácticamente desapercibida en Londres, contrastando con los funerales de Estado y honores públicos recibidos por otros dramaturgos de la época, como Sir Philip Sidney o Edmund Spenser. En aquel entonces, los dramaturgos eran considerados figuras secundarias, mientras que los actores gozaban de mayor protagonismo.
Hoy, el secreto de sus restos permanece resguardado bajo la protección de su tumba y su enigmática inscripción. Suscríbete a Noticias lat para más noticias.











