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El Legado de Julián: Un Periodista que Sembró Pasión por las Letras

El Legado de Julián: Un Periodista que Sembró Pasión por las Letras
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El reconocido periodista cubano Joel García, Editor-Jefe de la Redacción Deportiva del periódico Trabajadores, ha revelado una conmovedora historia personal que lo vincula a un hombre clave en su formación profesional y personal: Julián Iglesias, un periodista de la revista Bohemia, traductor de cuatro idiomas y figura fundamental en la organización de los archivos fotográficos de la emblemática publicación. García compartió este relato por primera vez tras recibir el Premio Juan Gualberto Gómez por la obra del año 2023, un reconocimiento que lo transportó a su infancia y a los recuerdos imborrables de su vecino y mentor.

La historia comienza en una casa compartiendo muro con la de Julián, un hombre enigmático para el joven Joel. La puerta de Julián permanecía casi siempre cerrada, y la sala, repleta de libros que alcanzaban el techo, se sumía en una penumbra constante. La curiosidad infantil de Joel lo llevó a explorar el misterioso apartamento un día, cuando la puerta carmelita y pesada no contaba con su argolla de seguridad. Encontró a Julián, un hombre de casi 80 años, recién llegado del trabajo, un periodista dedicado que cada semana regalaba un ejemplar de Bohemia a los abuelos de Joel.

Julián tenía una peculiar forma de saludar, recostándose en el marco de la puerta y preguntando a los abuelos, con una pronunciación marcada por el uso de la z en lugar de la s , por su bienestar y por el pequeño Joel. Esas visitas se convirtieron en momentos mágicos, en los que la abuela Pucha leía cuentos a Joel, proveídos por Julián, mientras ambos se sumergían en mundos de fantasía y aprendizaje.

El apartamento de Julián era un universo en sí mismo, un laberinto de papeles, recuerdos, fotografías, documentos y libros. A pesar de la aparente austeridad, con una cama, una lámpara de noche y una plancha donde Julián cocinaba su carne preferida, el espacio irradiaba un aura de sabiduría y misterio. Julián había sobrevivido a los horrores de la Guerra Civil Española y a un campo de concentración en Francia, experiencias que compartía con cautela, animado por la confianza que depositaba en los abuelos de Joel.

Tras el triunfo de la Revolución Cubana, Julián llegó a la isla y casi adquirió la vivienda que compartía con Javier y Pucha. Se convirtió en parte de la familia, un amigo cercano que veía en Joel un niño lleno de potencial. Un día, Joel cruzó el umbral de la puerta de Julián sin temor a la oscuridad, descubriendo una biblioteca en miniatura, iluminada por la tenue luz de una vela.

Julián, al percatarse de la presencia del niño, encendió el único bombillo incandescente del lugar y le ofreció un regalo inesperado: soldaditos de plomo. Para Julián, esos pequeños objetos representaban los horrores de la contienda española, una forma de transmitir a Joel la importancia de la paz y la memoria histórica. Joel, fascinado por su nuevo tesoro, les puso nombres y los llevó consigo durante semanas, alimentando su imaginación y su curiosidad.

Julián incentivó a Joel a aprender a leer para poder completar la colección de soldaditos de plomo, sembrando en él la semilla del conocimiento y el amor por la lectura. Sus visitas se hicieron más frecuentes, y la colección casi completa de soldaditos de plomo se convirtió en su compañera constante. Además, Julián le regaló obras literarias clásicas como los libros de Alejandro Dumas y el primer ejemplar de El Principito, abriendo las puertas a un mundo de posibilidades.

La relación entre Julián y Joel se consolidó con el tiempo, culminando con una fotografía juntos cuando Joel cumplió seis años, un recuerdo invaluable que atesora hasta el día de hoy. Julián, además de periodista y traductor, fue un lector enciclopédico y un organizador clave de los archivos fotográficos de Bohemia, un legado profesional que Joel descubrió una vez graduado.

La muerte de Julián fue un golpe duro para toda la familia, pero su influencia perduró en el corazón de Joel. En su cama quedaron los tres soldaditos de plomo, un símbolo de su amistad y de las lecciones aprendidas. Cuando los libros de Julián fueron donados a la Biblioteca Nacional José Martí, Joel entregó también los soldaditos, deseando que la colección permaneciera intacta, tal como la había preservado su mentor.

Julián se había convertido en una parte integral de la vida de Joel, una influencia decisiva en su vocación periodística. Fue una inspiración exacta, humana y total, que lo acompañó a lo largo de su carrera. Al recibir el Premio Juan Gualberto Gómez, Joel recordó con gratitud a Julián, reconociendo su bondad y su amor como pilares fundamentales de su éxito. Esta historia, compartida por primera vez, es un homenaje a un hombre que sembró la pasión por las letras y el periodismo en el corazón de un niño, dejando un legado imborrable en la cultura cubana.

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