El reciente galardón con el Premio Juan Gualberto Gómez por la obra del año 2023 revivió en el director del periódico Trabajadores, Alberto Núñez Betancourt, memorias entrañables de su infancia y la figura clave que inspiró su camino en el periodismo: Julián Iglesias, un vecino, periodista de la revista Bohemia, y un hombre marcado por la historia de España y Cuba.
Núñez Betancourt relata que su primer contacto con el mundo de Julián Iglesias fue impulsado por la curiosidad infantil. Vivían en casas colindantes, pero la puerta de Julián permanecía casi siempre cerrada, resguardando una sala repleta de libros que alcanzaban el techo. La penumbra reinaba en el interior, apenas interrumpida por la escasez de bombillos.
Un día, la puerta carmelita y pesada de Julián se encontró sin la argolla de arriba enganchada, permitiendo a un niño de cinco años, Núñez Betancourt, asomarse a un universo desconocido. Fue alrededor de las cinco de la tarde y encontró a Julián, de casi 80 años, recién llegado del trabajo. El viejo periodista, fiel a su costumbre, siempre se acercaba a los abuelos de Alberto para preguntar, con una pronunciación particular que enfatizaba la s como z , por su bienestar y el del pequeño, así como por la recepción del ejemplar de Bohemia que semanalmente les regalaba.
Esos eran tiempos de cuentos narrados por la abuela Pucha, enriquecidos por los libros que Julián proveía. Pocos de la familia se atrevieron a cruzar el umbral del diminuto apartamento de Julián, un espacio que evocaba los misteriosos escenarios de las novelas. La abuela de Alberto contaba que en su interior se acumulaban tesoros de papeles, recuerdos, fotografías, documentos y libros, junto con lo esencial para la vida: una cama, una lámpara de noche y una plancha sobre la que Julián cocinaba su carne, preferida vuelta y vuelta, acompañada de arroz, potaje y ensalada preparada por Pucha.
Julián Iglesias había sido combatiente en la Guerra Civil Española y sobreviviente de un campo de concentración en Francia. Sus relatos, que debieron ser grabados, cautivaban a los oyentes con la crudeza de sus experiencias. Sin embargo, solo compartía esos recuerdos cuando se sentía animado, especialmente por el carisma de los abuelos de Alberto, a quienes legó su vivienda en vida.
Tras el triunfo de la Revolución, Julián llegó a Cuba y adquirió la vivienda casi simultáneamente con Javier y Pucha, los abuelos de Alberto. Para el niño de cinco años, Julián era parte de la familia. Un día, sin temor a la oscuridad, cruzó el umbral de su puerta y comprobó que el interior era tal como lo había imaginado: oscuro, pero ordenado, más parecido a una biblioteca que a una sala. Una vela al final de un estante iluminaba un objeto que captó su atención de inmediato.
Julián, al percatarse de la presencia del niño, encendió el único bombillo incandescente del lugar para no asustarlo. "¿Te gustan?", preguntó, riendo y compartiendo la anticipación de la respuesta. Le ofreció un pequeño soldado de plomo, luego otro, y otro más, hasta que el niño tuvo tres en sus manos. Para Julián, esos soldaditos representaban los horrores vividos durante la contienda española.
El niño regresó a casa con su valioso regalo, al que dedicó semanas de juego y afecto, incluso asignándoles nombres. Julián lo animó a completar la colección si aprendía a leer, sembrando así la semilla de su futura vocación.
El cariño de Julián se tradujo en un constante estímulo a la lectura y la escritura, herramientas que, según él, permitían conocer el mundo a través de los libros. Las visitas de Alberto a su casa se hicieron más frecuentes y la colección de soldaditos de plomo casi completa encontró un lugar privilegiado cerca de su cama. También le regaló obras de Alejandro Dumas y el primer ejemplar de El Principito, y accedió a posar para una fotografía con él cuando cumplió seis años.
Julián Iglesias era un periodista consumado, traductor de cuatro idiomas, lector enciclopédico y figura clave en la organización de los archivos de la revista Bohemia, como descubrió Alberto una vez graduado. Su fallecimiento sumió a la familia en el dolor. En la cama del niño quedaron los tres soldaditos de plomo, que entregó a quienes vinieron a recoger los libros donados por Julián a la Biblioteca Nacional José Martí, para preservar la colección intacta.
Aunque Julián ya no estuviera físicamente presente, su legado perduró en el corazón de Alberto. No necesitaba los soldaditos de plomo, pues Julián se había quedado con él para siempre. A él le debía su inclinación por el periodismo, una influencia precisa, humana y total. El recuerdo de Julián fue especialmente vívido al recibir el Premio Juan Gualberto Gómez en 2023, un reconocimiento que dedicó a la bondad y el amor de su mentor, a cuya memoria intenta ser fiel en cada uno de sus trabajos.












