Un fenómeno cultural que comenzó a tomar forma en la televisión estadounidense a finales del siglo XX, se ha consolidado y amplificado en el siglo XXI con la proliferación de la tecnología digital. El autor, Íñigo Lejarza, reflexiona sobre cómo la ignorancia, antes considerada un defecto, ahora es exhibida con orgullo por algunos individuos, quienes se presentan como expertos en diversos campos sin poseer el conocimiento o la formación necesaria.
Lejarza recuerda un programa de televisión de bricolaje donde el presentador, abiertamente ignorante, no solo no se avergonzaba de ello, sino que lo mostraba como una virtud. Esta actitud contrasta con la visión tradicional de la educación como un camino hacia el ascenso social y la superación personal, un motor de prosperidad para las generaciones de posguerra.
La revolución tecnológica ha invertido esta apreciación. Ahora, la educación formal es vista por algunos como un obstáculo, la lectura como una actividad tediosa y la ciencia como un ejercicio inútil. Estos individuos, armados con un teléfono inteligente, difunden opiniones infundadas sobre una amplia gama de temas, desde salud y alimentación hasta política y ciencia, con una arrogancia que recuerda al efecto Dunning-Kruger, pero en una escala amplificada.
El autor señala que esta tendencia no es nueva, ya que siempre han existido personas con poca capacidad intelectual. Sin embargo, la tecnología les ha dado una plataforma para amplificar sus voces y llegar a un público masivo. Lejarza advierte que esta situación desafía la creencia en el progreso impulsado por la educación y el conocimiento, y que la sociedad deberá aprender a convivir con la persistencia de ideas irracionales, como el terraplanismo o las teorías conspirativas. La astrología, la quiromancia y otras pseudociencias podrían resurgir, y la irracionalidad humana seguirá siendo una constante.
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