El reciente pronunciamiento del cardenal Ricardo Ezzati Andía sobre la violencia en los colegios ha generado debate, al ser calificado como una lectura reduccionista que ignora las raíces estructurales del problema. El análisis, publicado en redes sociales, atribuye el conflicto a la desvalorización de la familia y la pauperización de la autoridad , una perspectiva que ha sido cuestionada por diversos analistas y académicos.
Fernando Astudillo Becerra, en una columna de opinión, argumenta que la postura del cardenal incurre en un individualismo metodológico que invisibiliza el pecado social y la violencia estructural inherentes al modelo neoliberal capitalista. Astudillo señala que la mirada del cardenal se centra en la voluntad individual o las fallas en el núcleo privado , mientras que autores como Slavoj i ek distinguen entre la violencia subjetiva la que se manifiesta directamente en los colegios y la violencia objetiva o sistémica.
Esta última, según i ek, es la violencia invisible que reside en el funcionamiento del sistema económico y social, generando condiciones de precariedad, exclusión y competencia que eventualmente estallan en las escuelas. Al omitir este factor, se ignora lo que la Teología de la Liberación denomina pecado social , una estructura de injusticia que se expresa en instituciones opresivas.
La violencia escolar, por lo tanto, no sería una simple pérdida de valores , sino el síntoma de una sociedad fracturada por un sistema que prioriza la acumulación de capital sobre la dignidad humana. Si bien el cardenal menciona la promoción de bienes materiales en detrimento de los espirituales , la crítica de Astudillo apunta a la falta de reconocimiento del sistema capitalista como principal responsable de esta dinámica.
El autor subraya que no se trata solo de un cambio de preferencias culturales, sino de un sistema que empuja a las familias a la supervivencia, con jornadas laborales extensas que limitan la presencia en el hogar y someten a los individuos a un estrés crónico. Desde la perspectiva de la Escuela de Frankfurt, y particularmente en la crítica de Herbert Marcuse, el capitalismo avanzado genera una sociedad unidimensional donde el ser humano es reducido a un mero objeto de consumo. La violencia en los colegios, en este contexto, se convierte en el reflejo de una sociedad que enseña a los individuos a competir por recursos escasos, en lugar de promover la solidaridad y la hermandad.
Astudillo también critica la omisión de la mercantilización de la educación en el análisis del cardenal. En Chile y en otros países con modelos neoliberales, la educación ha dejado de ser un derecho social para convertirse en un producto de consumo. Cuando el colegio se percibe como un servicio que se compra y se vende, el proceso formativo pierde su carácter ético y comunitario.
En este punto, el autor destaca la relevancia del pensamiento de Paulo Freire, cuya ausencia considera un error en la propuesta del cardenal. Para Freire, la educación no es una transmisión vertical de autoridad el modelo bancario que parece favorecer la demanda de mayor autoridad para padres y profesores , sino un acto de liberación. La violencia escolar, por lo tanto, puede ser vista como una reacción a una pedagogía que no conecta con la realidad de los oprimidos. Si la educación se limita a un trámite para obtener un título que permita la inserción en el mercado laboral, se renuncia a la formación de sujetos críticos y solidarios.
Astudillo cuestiona la idea de que la infancia es la residencia donde uno habita toda la vida , argumentando que esta frase refuerza la noción de que la solución reside únicamente en el ámbito familiar, eximiendo al Estado y al tejido social de su responsabilidad. En contraposición, la pedagogía crítica sostiene que la educación es un compromiso de la sociedad en su conjunto. No se puede esperar que la familia asuma la responsabilidad exclusiva de enfrentar la violencia estructural.
Citando a Frantz Fanon, el autor señala que en contextos de opresión sistemática, la violencia es una herramienta utilizada por el sistema para mantener el orden, y que inevitablemente se dirige hacia el interior de la comunidad cuando no existen canales de transformación política. La crítica del cardenal, en este sentido, es calificada como nostálgica y moralizante , al centrarse en la autoridad y la familia tradicional, eludiendo el debate de fondo: la violencia es el lenguaje de una sociedad que ha priorizado el capital sobre la vida.
Una perspectiva cristiana y humanista, según Astudillo, no debería conformarse con exigir más autoridad , sino con demandar el fin de las estructuras de injusticia que violentan la infancia mucho antes de que esta llegue a la sala de clases. La paz escolar no se logrará restaurando jerarquías perdidas, sino construyendo una comunidad donde la educación sea un ejercicio de libertad y no un mero engranaje del mercado. La columna concluye que la solución a la violencia escolar requiere una transformación profunda del sistema, que priorice la dignidad humana y la justicia social sobre la acumulación de capital.












