La conmemoración del 27 aniversario de los bombardeos de Estados Unidos y la OTAN contra la República Federal de Yugoslavia ha coincidido con una escalada de violencia en la República Islámica de Irán, donde ataques estadounidenses e israelíes han cobrado la vida de miles de civiles, incluyendo más de 170 niñas en escuelas. La posible inminencia de una incursión terrestre estadounidense, con el objetivo de apoderarse de los recursos naturales iraníes, ha reavivado recuerdos de la intervención en los Balcanes y plantea interrogantes sobre la estrategia y las posibles consecuencias de una nueva confrontación.
Durante una visita periodística a Yugoslavia poco después de los bombardeos de 1999, este corresponsal se preguntó a dirigentes yugoslavos por qué Estados Unidos no había optado por una ocupación terrestre del país. La respuesta de un alto funcionario gubernamental, mientras los cohetes impactaban en un hospital civil en Belgrado y juguetes infantiles yacían entre los escombros de una guardería bombardeada, fue reveladora: Nos hemos preparado para una guerra de todo el pueblo. Si nos invaden, recibirán una respuesta masiva de un pueblo militarmente preparado .
El funcionario enfatizó la magnitud de las bajas que sufrirían las fuerzas invasoras, sugiriendo que el retorno de cientos o miles de cadáveres militares a Estados Unidos podría haber sido políticamente insostenible para quienes ordenaron la agresión. Esta concepción de la guerra de todo el pueblo se arraiga en la historia yugoslava, marcada por un fuerte movimiento partisano durante la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo de tácticas de guerrilla.
Los Destacamentos de Partisanos jugaron un papel crucial en la liberación de Yugoslavia del fascismo y el nazismo. A finales de 1944, las fuerzas partisanas contaban con 650.000 hombres y mujeres organizados en cuatro ejércitos de campaña y 52 divisiones, convirtiéndose en el cuarto ejército más importante de Europa para abril de 1945, con más de 800.000 combatientes.
La experiencia yugoslava ofrece un paralelismo inquietante con la situación actual en Irán. El sentimiento patriótico, la fe religiosa y la preparación militar del pueblo iraní constituyen un baluarte formidable contra cualquier intento de ocupación. Fuentes indican que Irán ha estado preparándose para este escenario durante la última década.
La brutalidad de los ataques estadounidenses e israelíes, que han causado la muerte de líderes iraníes y de niños inocentes, ha exacerbado la determinación de la población iraní de defender su territorio. La retórica de superioridad militar estadounidense podría enfrentarse a una realidad mucho más compleja y costosa en Irán.
Estados Unidos no puede ignorar la capacidad de resistencia de Irán, ni subestimar la voluntad de su pueblo de luchar por su soberanía. La historia de Yugoslavia, con su experiencia en la guerra de guerrillas y la movilización total de la población, sirve como una advertencia para aquellos que contemplan una intervención militar en Irán.
La pregunta que resonó en Yugoslavia hace 27 años ¿por qué no una ocupación terrestre? se plantea ahora con renovada urgencia en relación con Irán. La respuesta, como sugirió el funcionario yugoslavo, podría estar en la anticipación de un alto costo humano y político para el agresor. Una invasión terrestre de Irán podría desencadenar una guerra prolongada y sangrienta, con consecuencias impredecibles para la región y para el mundo.
La situación actual exige prudencia y diplomacia. La escalada militar solo conducirá a más sufrimiento y destrucción. La comunidad internacional debe instar a Estados Unidos e Israel a cesar sus ataques contra Irán y a buscar una solución pacífica a la crisis. El fantasma de Yugoslavia, con sus lecciones sobre los límites del poder militar y la resistencia de un pueblo determinado, debe servir como un recordatorio sombrío de los peligros de la agresión y la importancia de la paz.
La posibilidad de una intervención terrestre estadounidense en Irán no es solo una cuestión militar, sino también política y moral. La opinión pública en Estados Unidos y en el resto del mundo podría no tolerar una nueva guerra con un alto costo en vidas humanas y recursos económicos. La experiencia de Vietnam y la de Irak demuestran que la guerra no siempre es la respuesta, y que a veces, la mejor opción es la diplomacia y el diálogo.
Irán, al igual que Yugoslavia en 1999, se presenta como un desafío para la política exterior estadounidense. La tentación de utilizar la fuerza para imponer los intereses propios puede ser grande, pero las consecuencias de una intervención militar podrían ser catastróficas. La historia nos enseña que la guerra es un mal necesario solo en circunstancias excepcionales, y que siempre se deben agotar todas las vías diplomáticas antes de recurrir a la violencia.
La situación en Irán es compleja y delicada. La región está en llamas, y cualquier error de cálculo podría desencadenar una conflagración a gran escala. La comunidad internacional tiene la responsabilidad de evitar que esto suceda, y de trabajar por una solución pacífica y justa que garantice la seguridad y la estabilidad de todos los países de la región. La memoria de Yugoslavia, con su sufrimiento y su resistencia, debe servir como una guía para el futuro.











