En un continente marcado por arraigadas tradiciones religiosas durante la Semana Santa, Uruguay se distingue como una excepción notable. Mientras que la mayoría de los países latinoamericanos se sumergen en procesiones y rituales cristianos, Uruguay celebra la Semana de Turismo , una denominación que refleja una larga trayectoria de separación entre el Estado y la Iglesia.
Este cambio no es reciente, sino el resultado de un proceso histórico que se remonta a la década de 1860, cuando el Estado uruguayo comenzó a desligarse de la Iglesia católica mediante la secularización de cementerios y la creación de registros civiles independientes. El impulso definitivo llegó con la presidencia de José Batlle y Ordóñez a principios del siglo XX, quien promovió una modernización del Estado basada en ideales laicos, incluyendo el divorcio por sola voluntad de la mujer y la prohibición de la enseñanza religiosa en escuelas públicas.
En 1919, la Ley N. 6997 oficializó la Semana de Turismo , reemplazando la Semana Santa en el calendario nacional. Otras festividades religiosas también fueron transformadas: la Navidad se convirtió en el Día de la Familia y el Día de Reyes en el Día de los Niños. Esta medida buscaba reforzar la identidad laica del país y eliminar referencias religiosas del calendario estatal.
La Semana de Turismo uruguaya se caracteriza por actividades recreativas, desplazamientos internos y eventos locales. Festivales, ferias y competencias tradicionales animan ciudades como Montevideo, Paysandú y Colonia del Sacramento. La Semana Criolla y la Semana de la Cerveza son ejemplos de celebraciones que atraen a visitantes y dinamizan la economía local, impactando positivamente sectores como el transporte, la gastronomía y la hotelería.
A diferencia de países como México, Colombia o Argentina, donde la Semana Santa atrae a turistas religiosos y culturales, Uruguay ofrece una alternativa centrada en el esparcimiento y la tradición civil. La Semana de Turismo representa un período de descanso y movilidad para los uruguayos, sin un componente espiritual definido por el Estado.
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