La historia de Jenga, el popular juego de destreza que ha cautivado a millones en todo el mundo, es mucho más que la simple extracción y apilamiento de bloques de madera. Es un relato de persistencia, creatividad y una inesperada conexión con las raíces africanas de su creadora, Leslie Scott. Nacido de las tardes de juego competitivas en el este de África y perfeccionado en los salones universitarios de Oxford, Jenga ha escalado hasta convertirse en un ícono cultural, vendiendo cerca de 100 millones de unidades y asegurando su lugar en el National Toy Hall of Fame.
Leslie Scott, la mente detrás de Jenga, recuerda una infancia llena de juegos improvisados y una sana rivalidad familiar. “Somos una familia muy competitiva en el sentido de que en cualquier reunión terminábamos jugando juegos”, comenta Scott en una entrevista con la BBC. Desde competencias de escupir carozo de aceituna hasta la creación de juegos con objetos cotidianos, la familia Scott siempre encontraba una manera de desafiarse mutuamente.
El germen de Jenga surgió durante la adolescencia de Leslie en Ghana, donde su familia se mudó cuando ella tenía 18 años. Su hermano menor jugaba con un set de bloques de madera sobrantes de un aserradero local. “Mientras jugábamos, lo fuimos transformando en un juego de hacer una pila con los bloques, y sacábamos uno y lo poníamos arriba. Esa fue, digamos, la primera versión”, explica Scott. Este juego rudimentario, basado en la simple mecánica de construir y desmantelar una torre, sentó las bases para lo que eventualmente se convertiría en un fenómeno global.
Tras completar sus estudios, Scott se trasladó al Reino Unido, llevando consigo su amado juego de infancia. En los años 80, mientras su novio se dedicaba al tenis profesional, Scott continuó perfeccionando el juego y compartiéndolo con sus amigos. Fue durante un evento de recaudación de fondos en el Merton College de Oxford donde Jenga realmente comenzó a llamar la atención. El juego, que Scott había llevado como una forma de entretenimiento adicional, eclipsó a los malabaristas contratados y se convirtió en el centro de atención de la noche.
Este evento fue un punto de inflexión para Scott. Se dio cuenta del potencial comercial de su pasatiempo de infancia y decidió convertirlo en un producto de mercado. Con una determinación inquebrantable, fundó su propia empresa y se embarcó en la búsqueda de financiamiento. “Fui al banco, los convencí de que (con mi proyecto) haría una fortuna, le pedí dinero a mi novio y, lo peor de todo, es que mi madre avaló un segundo préstamo que solicité al banco. Necesitaba una garantía y era la casa de mi madre”, relata Scott.
La presión era inmensa, pero Scott logró encontrar un taller local en el norte de Reino Unido y, en 1983, estaba lista para lanzar Jenga en la Feria del Juguete de Londres. Sin embargo, la feria resultó ser un fracaso comercial. A pesar de generar interés y recoger tarjetas de visita, Scott no recibió ninguna orden de compra. Desanimada pero no derrotada, Scott se dio cuenta de que necesitaba un portafolio de juegos para atraer a los inversores.
Durante los años siguientes, Scott continuó desarrollando nuevos juegos y ofreciendo Jenga a posibles compradores. Viajó a Estados Unidos en busca de una oportunidad, pero la creciente popularidad de los videojuegos amenazaba con eclipsar su creación. “Estaba perdiendo mucho dinero y cada vez estaba más endeudada”, confiesa Scott.
La salvación llegó de manera inesperada a través de un amigo que vivía en Canadá. Este amigo le sugirió que presentara Jenga en un centro comercial local, donde fue descubierto por un representante de ventas de Irwin Toy, la mayor empresa de juguetes del país. Irwin Toy vio el potencial de Jenga y se interesó en adquirir la licencia para su producción.
Sin embargo, surgió un obstáculo inesperado: a Irwin Toy no le gustaba el nombre “Jenga”. Scott, sin embargo, se mantuvo firme en su decisión de mantener el nombre original. “Simplemente les dije que no podía permitir que le cambiaran el nombre. Tenía que ser Jenga”, afirma Scott.
La razón detrás de su apego al nombre “Jenga” se remonta a sus raíces africanas. Scott explica que “Kujenga” significa “construir” en swahili, el idioma que aprendió durante su infancia en África Oriental. Su madre tenía un perro llamado Kucheza, que significa “jugar” en swahili, y Scott sintió que “Jenga” era el nombre perfecto para un juego de construcción.
Finalmente, Irwin Toy cedió y aceptó mantener el nombre “Jenga”. El juego se lanzó al mercado y rápidamente ganó popularidad, permitiendo a Scott pagar sus deudas y salvar la casa de su madre.
Hoy en día, Jenga es un juego icónico que se disfruta en todo el mundo. Su presencia en el National Toy Hall of Fame es un testimonio de su impacto cultural y su perdurable atractivo. Leslie Scott, la diseñadora británica que transformó un juego de infancia en un imperio global, ha seguido creando y lanzando más de 40 juegos a lo largo de su carrera, dejando una huella imborrable en la industria del entretenimiento. La historia de Jenga es una inspiradora lección sobre la importancia de la persistencia, la creatividad y la conexión con nuestras raíces. Es una prueba de que incluso las ideas más simples pueden tener un impacto significativo en el mundo.


