La educación chilena se enfrenta a una crisis silenciosa, pero de consecuencias estruendosas, que amenaza su desarrollo a largo plazo: el alarmante descenso de jóvenes que optan por la carrera docente y la educación parvularia. Una realidad que, según María José Castro, exsubsecretaria de Educación Parvularia y actual directora ejecutiva de Fundación CAP, no se resuelve únicamente con incentivos económicos, sino con una profunda revalorización de la esencia de ser profesor.
Cada año, al publicarse los resultados de las postulaciones a la educación superior, se confirma una tendencia preocupante: un número cada vez menor de jóvenes se siente atraído por las aulas. Esta disminución no solo impacta la sostenibilidad del sistema educativo, sino que pone en riesgo la cohesión social y el progreso del país en el futuro. Ante este panorama, el debate público suele centrarse en medidas paliativas como becas, bonos o ajustes normativos, herramientas que, si bien son necesarias, no abordan la raíz del problema, a juicio de Castro.
La verdadera atracción por la profesión docente, explica la exsubsecretaria, se forja en el orgullo de quienes ya la ejercen. Si Chile aspira a captar a más talentos para la docencia, es imperativo volver a articular, con claridad y convicción, qué significa ser profesor en su sentido más profundo. Es un llamado a recuperar la narrativa de una vocación que, por años, ha sido pilar fundamental de la sociedad.
Ser profesor, en palabras de María José Castro, es mucho más que impartir conocimientos. Es experimentar una satisfacción profunda cuando el esfuerzo incansable de enseñar se traduce en el milagro del aprendizaje. Es un quehacer diario de paciencia inquebrantable y exigencia constante, imbuido de un compromiso incondicional con el desarrollo integral de otros seres humanos. El docente está presente tanto en los avances significativos como en las dificultades más desafiantes de sus estudiantes, reconociendo sus logros con entusiasmo, corrigiendo con un respeto profundo, exigiendo con un propósito claro y acompañando cada paso con una constancia admirable. Esta labor se construye día a día, en la riqueza de la relación humana, en la interacción constante con cada niño, niña o adolescente.
Pero la misión del profesor se extiende más allá de la sala de clases. Implica trabajar de la mano con las familias, transformándose en un aliado estratégico para que los apoderados puedan mirar a sus hijos e hijas desde una perspectiva enriquecedora. Es construir, codo a codo con ellos, un camino compartido que permita a cada estudiante descubrir sus talentos únicos, fortalecer su confianza en sí mismos y proyectarse hacia el futuro con un profundo sentido de propósito y una esperanza inagotable.
La educación, en su máxima expresión, persigue un objetivo trascendente: preparar para una vida plena. Esta plenitud no se concibe como la mera satisfacción inmediata, sino como el desarrollo integral del individuo; el despliegue de sus capacidades innatas, el encendido del deseo perpetuo de aprender, de crecer y de superarse cada día. Esta tarea inmensa, a menudo invisible para el ojo externo, ocurre de manera silenciosa y cotidiana en el corazón de cada sala de clases, gracias al trabajo abnegado y esencial de los profesores.
Para que existan estos profesores, en toda la magnitud de su rol, se requieren condiciones estructurales que lo hagan posible. Necesitamos escuelas y jardines infantiles dotados de liderazgos pedagógicos claros y visionarios, donde directivos y sostenedores comprendan que el aprendizaje y el desarrollo de sus estudiantes constituyen el corazón latente de toda comunidad educativa. Todo lo demás, cada recurso, cada decisión administrativa, cada política interna, debe ordenarse en función de ese propósito central y supremo.
Además, los profesores necesitan tiempo, un bien cada vez más escaso en la vorágine del sistema educativo. Tiempo para conocer a sus estudiantes en profundidad, para comprender sus realidades, sus sueños y sus desafíos, y así poder acompañar sus trayectorias de manera significativa. Tiempo para planificar clases que trasciendan lo meramente curricular, que estén imbuidas de sentido y propósito. Tiempo para atender la diversidad de cada aula, para retroalimentar los aprendizajes de manera constructiva, para reflexionar críticamente sobre su propia práctica, para crear junto a otros colegas y, en definitiva, para mejorar continuamente su labor.
La verdadera valorización de esta profesión esencial llegará cuando los propios profesores se reconozcan plenamente en su labor y sientan un orgullo genuino y desbordante por lo que hacen. Cuando, junto con ese orgullo intrínseco, reciban el reconocimiento y el respeto que merecen por parte de toda la sociedad. Cuando ir cada mañana a la sala de clases sea una fuente inagotable de sentido, de realización personal y profesional, y no una fuente de desgaste o frustración.
Como país, Chile tiene una tarea pendiente de larga data. No hemos sabido cuidar, como corresponde, esta vocación esencial que cimenta nuestro futuro. Sin embargo, también se presenta una gran oportunidad: la de repensar juntos, como sociedad, la escuela que anhelamos y el lugar preeminente que debemos otorgar a quienes la sostienen con su día a día.
Un país que genuinamente desea progresar y asegurar su futuro necesita, con urgencia, educadores que crean fervientemente en el valor intrínseco de su profesión. Y necesita, con la misma imperiosa necesidad, una sociedad que los respete, que los valore en su justa medida y que les agradezca, de manera constante y explícita, la tarea fundamental que realizan cada día en beneficio de las nuevas generaciones y, por ende, de toda la nación.


