El petróleo, ese líquido oscuro que mueve gran parte del mundo, vuelve a situarse en el centro del poder en Venezuela. Aunque el combate contra el narcotráfico fue la narrativa utilizada para desplegar tropas estadounidenses en el Caribe y luego ejecutar el operativo de extracción del exmandatario venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, la administración de Donald Trump regresó desde su primera intervención a la promesa de explotar el crudo venezolano.
"Nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, invertirán miles de millones de dólares para reparar la infraestructura petrolera, que está en muy mal estado, y comenzar a generar ingresos para el país", dijo el presidente estadounidense, rodeado de su Estado Mayor militar, desde su mansión en Mar-a-Lago, Florida, el 3 de enero, horas después de observar el operativo contra Maduro.
Sin embargo, los analistas y expertos advierten que el plan de Trump es complejo y requerirá inversiones multimillonarias y al menos una década de trabajo para concretarse. Reactivar la industria petrolera venezolana costaría unos 100.000 millones de dólares en un período de diez años, según cálculos de Bloomberg. Además, se necesita estabilidad política, estado de derecho y garantías a la propiedad privada, condiciones que aún no se cumplen en el país.
Históricamente, Estados Unidos y Venezuela han mantenido una estrecha relación en torno al petróleo. Durante la mayor parte de ese tiempo, Washington desempeñó un papel clave como aliado estratégico. Sin embargo, la nacionalización de la industria petrolera en 1976, seguida de una reestructuración impulsada por Hugo Chávez, debilitaron esos vínculos.
Actualmente, Venezuela produce entre 860.000 y 1,15 millones de barriles diarios, apenas el 1% del total global. Esto se debe a la infraestructura deteriorada, la falta de inversión, la mala gestión y las sanciones estadounidenses. Expertos consideran que el país podría volver a producir hasta 4 millones de barriles diarios, pero requeriría inversiones de $100.000 millones durante una década.
Chevron aparece como la mejor posicionada para liderar un eventual retorno, con una producción actual de unos 150.000 barriles diarios bajo licencia especial. ExxonMobil y ConocoPhillips también cuentan con experiencia, aunque ambas arrastran litigios millonarios por expropiaciones pasadas.
Paralelamente, crece la inquietud de China, principal destino del crudo venezolano como forma de pago de una deuda contraída durante la era Chávez. Un mayor intervencionismo estadounidense en la región podría alterar el equilibrio geopolítico.
El petróleo, que durante más de un siglo definió la relación entre Venezuela y Estados Unidos, vuelve a ocupar un lugar central en la disputa por el poder. Pero esta vez no se trata solo de barriles y reservas, sino de estabilidad política, confianza jurídica y un mercado global que ya no garantiza rentabilidad. El crudo sigue ahí, enterrado bajo tierra; la gran incógnita es si alguien está dispuesto a pagar el precio de sacarlo.










