En la efervescente Caracas de la década de los 50, un grupo de jóvenes poetas y escritores se reunía en animadas tertulias en bares y casas para compartir su pasión por la literatura. Este grupo, conocido como el Grupo Sardio, se convirtió en un referente de la renovación de las letras venezolanas durante los difíciles años del perezjimenismo.
Las reuniones del Grupo Sardio eran verdaderas celebraciones de la palabra. Jóvenes como Adriano González León, Guillermo Sucre, Salvador Garmendia y Ramón Palomares, entre otros, se congregaban en largas mesas, bebían cerveza y recitaban poemas con un "atolondramiento de juglares". Allí, en esos encuentros informales, surgieron algunos de los versos más innovadores de la poesía venezolana de la época, como aquel que escandalizó al narrador: "¡Cógela como a una gallina echada!".
Más allá de las efusivas tertulias, el Grupo Sardio se consolidó como un espacio de reflexión y creación literaria. Alejados de la política, los integrantes del grupo se enfocaban en explorar nuevas formas de expresión, experimentando con técnicas surrealistas como los "cadáveres exquisitos". Adriano González León y Guillermo Sucre eran considerados las "cabezas pensantes" de Sardio, y solían organizar retiros en la ciudad natal de Adriano, Valera, para dedicarse de lleno a la escritura.
Estos viajes a Valera y a otras localidades cercanas, como Carvajal y Escuque, se convirtieron en memorables episodios llenos de anécdotas. En la casa de Ramón Palomares, por ejemplo, los poetas escuchaban los pasos de un misterioso personaje que cruzaba la sala por las noches, mientras que en el Studebaker de Gonzalo González León, el primo de Adriano, Argimiro Briceño León, hacía comentarios jocosos que a veces derivaban en acalorados enfrentamientos.
A pesar de estos incidentes, el narrador recuerda con cariño esos años de efervescencia creativa, cuando los miembros del Grupo Sardio le enseñaron a escribir y le abrieron las puertas a un mundo literario que lo transformaría para siempre.












