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Tumbas que Hablan: La Masacre de la Familia Banks, uno de los Crímenes más Atroces de la Historia Argentina

Tumbas que Hablan: La Masacre de la Familia Banks, uno de los Crímenes más Atroces de la Historia Argentina

La Argentina rural de principios del siglo XX fue escenario de uno de los crímenes más atroces y perturbadores de su historia. Esta es la historia de la familia Banks, representantes del ideal del inmigrante exitoso, cuya fachada de respetabilidad ocultaba un profundo derrumbe.

Mateo Banks, estanciero y hombre de sociedad, acumulaba deudas, frustraciones y un progresivo colapso económico. Su afición al juego y los intentos de estafa marcaron el inicio de su caída, que él mismo decidió "resolver" de la peor manera posible.

El martes 18 de abril de 1922, poco después del mediodía, Mateo Banks inició un raid homicida que todavía hoy resulta difícil de asimilar. En la estancia La Buena Suerte, asesinó a su hermano Dionisio y a su sobrina Sara, una niña de apenas 12 años. Con el paso de las horas, el crimen se extendió: Juan Gaitán, peón rural, y Claudio Loiza fueron también ejecutados.

La noche selló el horror. En la estancia El Trébol, Banks asesinó a su hermana María Ana, a su cuñada Juana Dillon, a su hermano Miguel enfermo y postrado en la cama y a su sobrina Cecilia. Ocho personas murieron en menos de un día. Sólo dos niñas sobrevivieron, a las que Banks encerró en una habitación.

La noticia sacudió a Azul y al país entero. Miles de personas acompañaron los funerales de las víctimas, en una ciudad paralizada por el espanto. Los restos fueron sepultados en el cementerio local, donde aún hoy se pueden identificar las tumbas de la familia Banks y de los peones asesinados.

Estas sepulturas no son sólo lugares de descanso: funcionan como marcas materiales del crimen. Cada lápida recuerda una vida truncada, una historia familiar destruida y una comunidad herida. El cementerio de Azul se transforma en un archivo a cielo abierto del horror, donde el visitante puede reconstruir, paso a paso, la dimensión de la tragedia.

Tras la masacre, Banks intentó montar una coartada, pero las contradicciones, las pericias balísticas y el testimonio de una niña sobreviviente derrumbaron su relato. Tres semanas después, confesó. El juicio se convirtió en un espectáculo público, y el fiscal demostró que Banks había planificado el crimen con antelación.

Condenado, fue enviado al penal de Ushuaia, donde pasó años rezando y fabricando rosarios. Liberado en 1949, intentó volver a Azul, pero fue rechazado. Cambió de identidad, se ocultó en Buenos Aires y buscó refugio en una pensión del barrio de Flores. Murió de manera absurda: el mismo día en que se mudó resbaló en una bañera y se golpeó la cabeza.

Sus restos fueron sepultados en el Cementerio de la Chacarita, sin nombre ni identificación, para evitar profanaciones. Es un final que contrasta brutalmente con el de sus víctimas: mientras ellas tienen tumbas visibles, nombres grabados y memoria colectiva, el asesino yace oculto, borrado deliberadamente del mármol.

En esta Historia Funeraria, los cementerios hablan. Azul recuerda. Chacarita calla. Y en ese contraste se revela una verdad incómoda: la muerte no iguala a todos, porque la memoria a veces también juzga.

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