Luckas Viana dos Santos, un brasileño de 31 años, fue víctima de una cruel trama de explotación laboral en Birmania (Myanmar). Engañado por una oferta de trabajo en Tailandia, Luckas terminó retenido en un complejo armado y vigilado en territorio birmano, donde fue obligado a realizar estafas por internet y sometido a torturas y castigos humillantes.
Durante cuatro meses, Luckas permaneció cautivo junto a otros 5.000 extranjeros, sin poder comunicarse libremente con su familia. Fue obligado a trabajar hasta 17 horas diarias frente a una computadora, intentando captar clientes para plataformas de juego en línea y criptoactivos. El incumplimiento de las metas impuestas por los dueños del negocio clandestino, una empresa controlada por chinos, desencadenaba castigos físicos y psicológicos brutales.
"Una película de terror", así describe Luckas su experiencia, que lo llevó incluso a considerar el suicidio como única salida posible. Después de tres intentos fallidos de fuga, finalmente fue liberado por un grupo insurgente local, el Democratic Karen Buddhist Army (DKBA), que se opone a este tipo de actividades ilegales.
Luckas salió del complejo "con lo puesto" y su pasaporte en mano, y decidió rehacer su vida en Argentina, donde ya había construido una red de contactos. Su caso es solo la punta del iceberg de una problemática que no deja de crecer: solo en 2024, 63 brasileños denunciaron haber sido víctimas de explotación, principalmente en países del Sudeste asiático.
"Mucha gente me juzga y dice 'está viajando, está feliz'. Pero ¿qué voy a hacer? ¿me voy a quedar dentro de una habitación para siempre? De mis 32 años, fueron cuatro meses. Tengo recuerdos, pero no voy a quedarme parado en eso. Quiero seguir con mi vida", afirma Luckas, decidido a dejar atrás esa pesadilla y continuar con su carrera artística.












