El expresidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se encuentra actualmente preso en la ciudad de Nueva York, ocupando la misma celda que antes habitara el exmandatario hondureño Juan Orlando Hernández, también acusado de tráfico de drogas. Este hecho se enmarca en una larga historia de intervenciones estadounidenses en América Latina, que se remontan casi dos siglos atrás.
Desde la década de 1840, Estados Unidos ha ejercido diversas formas de violencia en la región, legitimadas por sucesivos ciclos doctrinales y argumentos cambiantes, pero con un patrón persistente de dominación. Estas intervenciones han adoptado múltiples modalidades, desde la conquista y ocupación territorial, hasta la imposición de dictaduras militares y el apoyo a golpes de Estado, pasando por el control económico y la injerencia política.
El autor del artículo, Rodolfo Pastor Fasquelle, sostiene que la detención de Maduro en Nueva York no debe sorprender, pues "estaba sobradamente anunciada" dentro de este historial de intervenciones estadounidenses en América Latina, el "laboratorio original del poder imperial y planetario de Estados Unidos".
Fasquelle describe seis ciclos principales de intervención estadounidense en la región, que van desde la guerra de conquista y ocupación en el siglo XIX, pasando por la imposición de dictaduras militares en el siglo XX, hasta llegar a las más recientes formas de dominación, como el control mediante mecanismos mediáticos y la "violencia latente" representada por la presencia militar y las amenazas.
El autor advierte que no ha habido una ruptura histórica entre estos ciclos, sino una evolución y acumulación de formas de intervención, que se adaptan a los contextos y se justifican mediante argumentos cambiantes, pero que responden a un patrón persistente de dominación.
En este sentido, la detención de Maduro en Nueva York se enmarca dentro de este proceso histórico, en el que Estados Unidos ha intervenido violentamente en prácticamente todos los países del continente americano, con el objetivo de preservar sus intereses geopolíticos y económicos.
Fasquelle concluye que el único hecho sorprendente es la "ingenuidad recurrente" y el "cinismo" con el que los intervencionistas excusan y justifican la violencia, mientras que los "tontos celebran" estas acciones.












