Un equipo internacional de científicos, encabezado por el profesor Andrew Fire de la Universidad de Stanford y ganador del Premio Nobel, ha descubierto una nueva clase de ácido ribonucleico (ARN) en el microbioma humano. El hallazgo, basado en el análisis de más de cinco millones de muestras de la boca y el intestino de personas de todo el mundo, plantea nuevas preguntas sobre la diversidad genética interna del ser humano.
El estudio permitió identificar más de 30.000 secuencias de ARN completamente nuevas, denominadas "obeliscos". Estas estructuras circulares no se asemejan a virus, bacterias ni fragmentos de ADN humano, y se caracterizan por carecer de envoltura viral y no codificar proteínas. Hasta el momento, tampoco se han identificado funciones celulares asociadas a estos elementos genéticos.
Los obeliscos desafían las categorías tradicionales de la microbiología, ya que constituyen una clase distinta de elementos genéticos replicativos basados en ARN que no encajan en ninguna clasificación existente. Su presencia habitual en microbiomas humanos de diversas regiones sugiere que han desarrollado adaptaciones específicas a los diferentes nichos del microbioma.
Uno de los aspectos más intrigantes es la posibilidad de que los obeliscos representen una "forma mínima de vida", ya que logran replicarse sin requerir proteínas, células ni ADN, situándose en un territorio limítrofe entre lo inerte y lo vivo. Estos elementos recuerdan a los viroides que afectan a las plantas, pero su contexto bacteriano en el ser humano los convierte en un hallazgo único.
Aunque se desconoce si los obeliscos tienen algún efecto concreto sobre la salud humana, su presencia en bacterias esenciales para la digestión y la inmunidad abre nuevas líneas de investigación acerca de sus posibles funciones biológicas. Los autores confían en que el análisis de nuevos microbiomas permitirá descubrir más variantes y aclarar el papel de estos elementos en la regulación genética.
En definitiva, el descubrimiento de los obeliscos resalta la complejidad y riqueza del cuerpo humano, y pone en evidencia los límites actuales del conocimiento científico, confirmando que el interior del ser humano aún oculta misterios biológicos de naturaleza desconocida.










