A inicios de un nuevo año, cuando solemos hacer balance y proyectar deseos para el futuro, es importante reflexionar sobre la condición humana en su conjunto y el papel que cada uno de nosotros juega (o no) en la construcción de la paz que anhelamos.
Vivimos momentos en los que la violencia parece haberse normalizado. En distintas partes del mundo, conflictos armados persisten sin una salida clara. La guerra entre Rusia y Ucrania, la crisis en Gaza y la escalada de tensiones en Venezuela son solo algunos ejemplos de situaciones que han cobrado decenas de miles de vidas y desplazado a millones de personas.
Frente a estos hechos, es fácil sentirse abrumado. Pero hay una enseñanza que vuelve con insistencia en momentos como este, y que resulta tan incómoda como necesaria: la violencia no se soluciona con violencia. El odio no se cura con más odio. La maldad no se desarma replicando sus mismas lógicas.
El dolor ajeno nos golpea desde las noticias, las redes y las narrativas políticas que nos enfrentan unos contra otros. Tal como enseñó el monje budista y activista por la paz Thich Nhat Hanh, incluso en medio de la guerra es posible actuar con paz en el corazón. No como una negación ingenua de la realidad, sino como una forma radical de no reproducir aquello que decimos querer erradicar.
Esta enseñanza es especialmente desafiante porque nos obliga a mirar hacia dentro. Nos confronta con la parte de violencia que, quizá sin querer, llevamos en nosotros, que se refleja en nuestras palabras duras, en nuestros juicios apresurados, en nuestra incapacidad para escuchar sin deshumanizar al otro. Y nos hace recordar que señalar a personas específicas como "malvadas" no construye puentes; el verdadero desafío es enfrentar la ignorancia, el miedo y el rencor que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro.
No solo importa qué hacemos por la paz, la justicia o los derechos humanos. Importa desde dónde lo hacemos. Un mensaje de paz transmitido desde el odio pierde su fuerza transformadora. Una causa justa defendida desde la deshumanización termina reproduciendo el mismo daño que critica.
Esto no significa callar, ni ser pasivos, ni mirar hacia otro lado. Significa dejar de odiar a las personas y empezar a señalar aquello que realmente está en la raíz del conflicto: la ignorancia, el miedo, el resentimiento, la desconexión; sin convertirnos nosotros mismos en vehículos de esas mismas fuerzas.
La paz duradera no se construye con discursos beligerantes, sino con actos cotidianos de reconocimiento del otro como ser humano digno de respeto y cuidado. Aunque no podamos controlar los grandes conflictos del mundo, sí podemos transformar la violencia dentro de nosotros. Y ese cambio interior es el fundamento de la paz verdadera, la que irradiará a nuestro alrededor.
Al final, el mundo simplemente refleja lo que llevamos dentro. La paz que buscamos empieza por la forma en que nos miramos a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Si asumimos esa responsabilidad interior, abrimos una posibilidad real de contribuir, en nuestras vidas y en nuestras comunidades, a un mundo más humano y más digno para todos.




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