La ambición imperial de Estados Unidos en Venezuela tiene raíces profundamente trumpianas y no da señales de desaparecer pronto. Tras la captura del líder venezolano Nicolás Maduro por parte del ejército estadounidense, el presidente Donald Trump proclamó el control directo de las vastas reservas de petróleo del país, declarando: "Estamos al mando. Vamos a dirigirlo todo. Vamos a arreglarlo".
Esta operación, bautizada "Absolute Resolve", ha sido comparada de inmediato con la invasión estadounidense de Panamá en 1989 que culminó con la captura del dictador Manuel Noriega. Sin embargo, el mundo ha cambiado y Trump no parece haber pensado en lo que viene después.
La obsesión de Trump por asegurar el acceso al petróleo de Venezuela y los recursos naturales de Groenlandia parece anclada en una visión del mundo de los años 80 y principios de los 90, cuando las intervenciones militares en América Latina eran la norma. Pero en un mundo que avanza rápidamente hacia las energías renovables, esta operación puede verse cada vez más como un anacronismo.
Expertos como el exasesor de Seguridad Nacional John Bolton advierten que Trump carece de una estrategia a largo plazo y solo piensa en ganar el próximo ciclo de noticias. Su estilo de gobierno se caracteriza por la ausencia de planificación, lo que podría generar consecuencias imprevistas y desestabilizadoras, tal como ocurrió con las anteriores intervenciones estadounidenses en la región.
La historia demuestra que, si bien Estados Unidos ha logrado victorias tácticas a corto plazo, a largo plazo estas intervenciones han resultado en fracasos estratégicos, con el surgimiento de regímenes autoritarios y la desestabilización de la región. La operación en Venezuela podría ser la última guerra del siglo XX, una reliquia de un pasado que el mundo ha dejado atrás.












