El debate político en los últimos años ha ido perdiendo profundidad y densidad, alejándose cada vez más de su función esencial de acercarse a un bien común posible. La lógica del impacto inmediato, especialmente en redes sociales, ha desplazado la confrontación real de ideas, favoreciendo la simplificación, el atrincheramiento y una creciente desafectación ciudadana.
Según expertos, en este contexto, el ninguneo y la descalificación sistemática se han vuelto cada vez más recurrentes, acrecentando la despolitización. El resultado es un terreno fértil para liderazgos populistas y una fragmentación social que ya no se explica por diferencias de ideas, sino por emociones contrapuestas.
"Hoy se discute poco y se reacciona mucho: se responde antes de escuchar, se argumenta desde la emoción y se normaliza la desinformación", señalan los analistas. Perseverar en esta dinámica no solo empobrece el debate democrático, sino que también termina erosionando la convivencia y la cohesión social.
Los gestos republicanos existen, pero suelen quedarse en lo mínimo esperable. No son irrelevantes, pero resultan insuficientes frente a un clima donde el diálogo ha sido reemplazado por la descalificación y una sospecha ciega y permanente.
Cabe preguntarse si quienes participan (o son meros espectadores) del debate digital consideran que esa accesibilidad es prueba suficiente de que el sistema sea más permeable o de que esté entregando respuestas efectivas. La política se aleja cada vez más de su función esencial, y expertos advierten sobre las graves consecuencias que esto puede tener para la democracia.











