El 1 de enero es la fecha que marca el inicio del año nuevo en la mayoría de los países del mundo. Sin embargo, ¿alguna vez te has preguntado por qué se eligió esta fecha en particular? La respuesta se remonta a las antiguas tradiciones romanas y a la influencia del papado católico.
Los orígenes del Año Nuevo se remontan a la antigua Roma, donde el mes de enero (Ianuarius en latín) estaba dedicado al dios Jano, una deidad con dos caras que representaba los comienzos y los finales. Para los romanos, era lógico que el año nuevo se celebrara en este mes, especialmente porque coincidía con el momento en que los días comenzaban a alargarse después del solsticio de invierno.
A medida que el imperio romano se expandía, su calendario se fue difundiendo por todo el vasto territorio. Sin embargo, durante la Edad Media, cuando el cristianismo se impuso firmemente, muchos países querían que el año nuevo se marcara el 25 de marzo, fecha que conmemora la Anunciación a la Virgen María.
Fue el papa Gregorio XIII quien, en el siglo XVI, introdujo el calendario gregoriano y restableció el 1 de enero como el inicio del año nuevo en los países católicos. Inglaterra, que se había rebelado contra la autoridad del papado y abrazado el protestantismo, continuó celebrando el Año Nuevo el 25 de marzo hasta 1752, cuando un acta del Parlamento alineó a los británicos con el resto de Europa.
Hoy en día, la mayoría de los países se rigen por el calendario gregoriano, lo que explica por qué vemos fuegos artificiales y celebraciones en todo el mundo el 1 de enero de cada año. Así, la tradición romana y la influencia del papado han moldeado la forma en que damos la bienvenida al nuevo año.











