El verano está en pleno apogeo y las redes sociales se llenan de imágenes de personas disfrutando de la playa, el mar y la naturaleza. Sonrisas, libros en mano y momentos de relajación parecen ser la imagen de la felicidad. Sin embargo, ¿es realmente esa la única forma de alcanzar la satisfacción y el bienestar?
En su libro "The How of Happiness", la investigadora en psicología positiva Sonja Lyubomirsky define la felicidad como "la experiencia de alegría, satisfacción o bienestar positivo, combinada con la sensación de que la propia vida es buena, significativa y valiosa". En este sentido, el bienestar hedónico -vinculado al placer y al disfrute- coexiste con el bienestar eudaimónico, asociado al sentido, la realización personal y el logro.
Pero, ¿hemos convertido la productividad en nuestra principal fuente de gratificación? Desde la infancia, se nos inculca la idea de que nuestra elección profesional definirá nuestra identidad, y hoy casi la mitad de los niños desean ser influencers, figuras que ven a diario y a quienes admiran. Esta búsqueda del disfrute y la máxima ganancia con el mínimo esfuerzo ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad.
Sin embargo, los logros y el reconocimiento también parecen ser una importante fuente de satisfacción. Abraham Maslow, en su famosa pirámide de las necesidades, identificó las necesidades de reconocimiento y autorrealización como fundamentales para el bienestar. Hoy, cada individuo tiene su propio canal de difusión o "perfil", donde expone sus logros y cómo pasa su tiempo libre, buscando ser felicitado por ello.
Un estudio titulado "Metas de logro y satisfacción con la vida" muestra que perseguir metas de logro se asocia con mayor satisfacción vital, especialmente cuando las personas se perciben como agentes eficaces y capaces de alcanzar sus objetivos. En este sentido, Hannah Arendt sugiere en su libro "La condición humana" que la labor ha pasado de ser un medio para subsistir a un fin en sí mismo que otorga sentido a la existencia.
Mientras que las vacaciones son la máxima expresión del disfrute, el trabajo ha cobrado una importancia central, llegando incluso a postergar o reemplazar el propósito de armar una familia. Esto ha llevado a una "sociedad de laburantes" en la que la preocupación fundamental es producir para poder consumir.
Según el autor Byung-Chul Han, en "La Sociedad del cansancio", "el hombre va ejerciendo su autonomía y se convierte en víctima y victimario porque se explota a sí mismo, no tiene sobre él un poder que lo presione, éste está dentro de él, no hay presión más dura que la autoexigencia. El ser humano se autoexplota y vive hiperactivo e hiperneurótico."
Desde mi punto de vista, la satisfacción por el logro de metas laborales está fuertemente ligada al entorno en el cual está inmerso el individuo y su escala de valores. Hoy, en varios contextos, se fomenta al máximo el amor hacia uno mismo y se busca satisfacer las necesidades de reconocimiento y de autorrealización con la misma intensidad y desesperación que un mendigo busca restos de comida en un contenedor de basura.
Quizás la clave esté en encontrar un equilibrio entre el disfrute y la productividad, reduciendo así el nivel de autoexigencia. Después de todo, el estudio más prolongado sobre la felicidad ha demostrado que no es el éxito ni los logros lo que más bienestar aporta, sino la calidad de los vínculos que construimos a lo largo de la vida.







